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sábado, 18 de diciembre de 2010

"En la Ciudad de R´lyeh, el difunto Cthulhu espera soñando"

"Pb'glui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgh'nagl fhtagn"
«Estos Grandes Antiguos, continuó Castro, no eran de carne y hueso. Tenían forma -¿no lo probaba acaso esta imagen estelar?-, pero esa forma no era material. Cuando las estrellas eran propicias iban de mundo en mundo a través del cielo; pero cuando eran desfavorables, no podían vivir. Pero aunque ya no viviesen, no habían muerto en realidad. Yacían todos en casas de piedra en la gran ciudad de R'lyeh, preservada por los sortilegios del gran Cthulhu para el día que las estrellas y la Tierra pudiesen recibir su gloriosa resurrección. Pero en esa época alguna fuerza exterior debía ayudar a la liberación de sus cuerpos. Los conjuros que impedían que se descompusieran impedían también que se moviesen, y los Antiguos tenían que contentarse con yacer y pensar en la oscuridad mientras transcurrían millones de años.
»Conocían todo lo que ocurría en el mundo, pues su lenguaje consistía en la transmisión de pensamiento. En ese mismo instante hablaban en sus tumbas. Cuando, luego de un caos infinito, aparecieron los primeros hombres, los grandes antiguos hablaron a los más sensibles moldeándoles los sueños.»
«No hay lenguaje aplicable a ese abismo de horror inmemorial, a esa pavorosa contradicción de todas las leyes de la materia, la fuerza y el orden cósmicos. Una montaña que caminaba. [...] El monstruo de los ídolos, el verde y viscoso demonio venido de otros astros, había despertado para reclamar sus derechos. Las estrellas eran otra vez favorables, y lo que un viejo culto no había podido lograr por su voluntad, un puñado de inocentes marineros lo hacía por accidente. Después de millones y millones de años, el gran Cthulhu era libre otra vez.»
Llamada de Chtulu, de Howard P. Lovecraft.

martes, 20 de abril de 2010

Shénkidiyú

En los ríos de la antigua China habitaba un ser muy especial. Era un pez mágico llamado shénkidiyú. Hubo una época en que pescadores y ricos caprichosos de todo el mundo invadían los grandes ríos chinos en busca del mágico pez. ¿El por qué? El mágico pez tenía la habilidad de hacer realidad los deseos más increíbles de aquél que lo mantuviera entre sus manos. Todos los hombres importantes de la época querían tener a ese ser especial para ver cumplidos sus sueños.

Pero la historia revela hechos colaterales. A causa de la búsqueda del shénkidiyú, se ocasionaron disputas entre naciones, batallas y guerras internacionales. No fue hasta 25 años después de que los aldeanos de la región suroeste de China dieran noticia de la existencia de ese mitológico ser que, por orden directa de los jefes del mundo, estallara la guerra mundial Shenki, cuyo objetivo era atrapar al pez pero con la condición de no haber condiciones: no existían los juicios de guerra; no habían represalias contra las atrocidades. La única condición era capturar el shénkidiyúcostara lo que costara.

Y los años iban pasando, sumándose millones de víctimas en toda China y gran parte del mundo por encontrar el codiciado pez. Hasta que un buen día, Yan-Tsé, un niño habitante de una aldea del interior, encontró un extraño pez que agonizaba en la orilla del río. Yan-Tsé lo cogió con sus manos y lo soltó a la corriente. De repente, el cielo oscureció y el agua del río se iluminó, y se oyó una gran voz que dijo: "Yan-Tsé, ¿qué deseas?" y el niño, al comprender que era el fantástico pez por el cual todo el mundo estaba en guerra, dijo: "Tú eres una deidad y tienes más raciocinio que el hombre más sabio. Haz lo que creas más conveniente". Así pues, el pez se iluminó y salió disparado hacia los cielos oscurecidos, donde se convirtió en unos gigantescos fuegos artificiales dorados que se esparcieron por los cuatro puntos cardinales, oyéndose por todo el mundo un enigmático "gracias".


(Relato posteado el lunes 16 de marzo de 2009 en El Pare)

Bloggero con un par de blogs

martes, 24 de noviembre de 2009

Y de la nada salió

     En esa espera de saber qué decir, qué escribir o qué narrar, se halla un hombre con mucha tecla, con ganas de explicar, con pluma en mano, nueva, reluciente como el Sol del ocaso. Delante suyo, un manojo de caros papeles venidos desde el rincón más lejano de lo que alguna vez fue Egipto. Nada le incomoda, todo está a su entera disposición: la distribución de los muebles; la orientación del escritorio; el escrupuloso orden de los objetos; la tinta negra esperando ser succionada; la pluma, afiladísima; el culo bien cómodo en una gran silla con reposa-espaldas. Todo es perfecto para que el que de más letras sepa comience a redactar. Pero algo no va bien. Algo no encaja en esta escena. El escritor no mueve su mano, no articula su muñeca, la pluma y el papel no se han unido en una desenfrenable catarsis para acabar haciendo el amor durante horas. No hay tinta en ese papel. ¿Qué ocurre? El escritor está paralizado. Observa con total atención ese pedazo de papel extraído de las más exóticas plantas. Quizá se sienta atraído por ese color claro que lo caracteriza, o quizá esté estudiando los filamentos que de los bordes sobresalen. Su cuerpo está rígido, está apretado. Es raro... ¿Qué le prohíbe escribir? Seguro que no sabe de qué escribir. Lo más seguro es que se hayan desvanecido sus ideas. Y no sólo ellas, sino las ganas de darles existencia. ¿Qué te ha pasado, pequeño y joven escritor? ¿Tienes miedo? ¿Ya? ¿Tan pronto? ¿Tienen miedo los ratones que, a sabiendas de que se exponen a ser devorados por lechuzas, salen a la luz de la luna en busca de un bocado para alimentar a sus crías? ¿Es que tiene miedo ese cirujano que, sabiendo que puede equivocarse en el proceso de implantación de un corazón nuevo, se rinde y deja que aquella persona muera? ¿Es que acaso tuviste miedo, joven escritor, cuando caíste por vez primera de tu bicicleta y volviste a subir para pedalear como un loco, sabiendo que podrías caer? No seas modesto, joven escritor, pues es sabido que de los miedos sólo se hace pánico y terror, y de éstos, la desesperación. Sube bien arriba, amigo, observa el mundo con aplomo, contempla lo que eres, y no dejes creer que lo que ves hoy, sea una realidad, pues de niños, los fantasmas eran las sábanas con las que nos tapábamos de los propios fantasmas.
     Y así, el escritor empezó a escribir, dejando, a quien quisiera, las letras que ahora vosotros acabáis de leer.

El Kappa

miércoles, 7 de octubre de 2009

No se sap mai

De les quatre rodes del cotxe, n'hi havia una que girava al revés. Però era la bona, perquè provava d'allunyar-se d'una corva que ens va desmanegar a tots.

Pere Calders, Contes breus.