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domingo, 6 de febrero de 2011

Un conte fotografiat

"Per la llarga avinguda dels vells roures que duia del bosc a l'entrada principal del Palau de Metzengerstein, un corser, portant un cavaller escabellat i en desordre, es deixà veure saltant amb un ímpetu que desafiava el mateix Dimoni de la Tempesta.

Evidentment, el dimoni no governava la seva cursa. L'angoixa de la seva fesomia, els esforços convulsius de tot el seu ésser, testimoniaven una lluita sobrehumana; però cap so, tret d'un xiscle solitari, no s'escapà dels seus llavis lacerats, que mossegava més i més en la intensitat del seu terror. Un instant, i el picament dels unglots ressonà agut i penetrant per damunt del bruel de les flames i el xiscle dels vents, un altre, i, passant d'un sol salt la porta gran i el fossat, el corser s'engegà per les oscil·lants escales del palau amunt, i, amb el seu cavaller desaparegué enmig del terbolí d'aquell foc caòtic.

La fúria de la tempesta morí tot d'una i hi succeí tètricament una calma absoluta. Una flamarada blanca embolcava encara l'edifici com un sudari, i, irradiant al lluny dins l'atmosfera tranquil·la, llançava una resplendor d'una llum sobrenatural; mentre que un núvol de fum s'aclofava pesadament sobre la fàbrica, en la figura neta i gegantina de- un cavall."

Fragment del conte Metzengerstein de Edgar Allan Poe amb traducció de Carles Riba. Rellegit mentre seia en un banc assoleiat en un carrer on passaven molts cotxes i fotografiat per un noi que va trobar alguna cosa de poètica o interessant en aquest paisatge.

Fènix caçador d'instants

domingo, 12 de diciembre de 2010

Mitología

Tres Magos hicieron un día un experimento con sus cerebros con la voluntad de aumentar sus capacidades cognitivas y su desarrollo artístico. Abrieron todas las compuertas mentales y un fuego atroz comenzó a generar un sinfín de explosiones. Movimiento incesante de energía, creación violenta y agresiva de materia bruta que chocaba entre sí y formaba galaxias mentales. En un momento determinado hubo una gran concentración de energía y el Fuego tomó autonomía en sus cabezas y de su ausencia nació Hielo. Así nació el espacio mental sin límites donde Hielo y Fuego se autoconcebían. Hielo era el nombre de un principio hermano y contrapuesto a Fuego. El principio Hielo cristalizaba energía (agua derretida por Fuego) y la liberaba en forma de glaciares que Fuego evaporaba. Hielo convertía de nuevo en agua y en más Hielo y Fuego recomenzaba el ciclo. Hielo cerraba y Fuego abría y de la tensión microclimática nacía Genio, una capacidad ilimitada de creación.

 Caribdis y Escila, de Alfredo Sampietro/ Recreación de la vorágine del proceso interior de creación

Los Magos utilizaban este enfrentamiento como generador de potencia en sus vidas y su Genio creaba maravillas. Pero los principios cerebrales buscaban gobernar para adueñarse de sus portadores. El desgaste progresivo generó heridas profundas en sus organismos y, para encerrarlos, los Magos unieron temporalmente sus cerebros en uno del que los tres dependían: El Cerebro Escarchado. Este cerebro creó el círculo mental limitador donde Hielo salió vencedor aunque debilitado. Para curar sus heridas el Cerebro fue recubierto y saneado de Escarcha, hija frágil de Hielo, y Fuego quedó encerrado en llagas, pudiéndose solo manifestar en Escozor. De esta forma, Hielo congeló a Genio, que solo era recordado por Escozor. La ventaja de fusionar los cerebros fue que el aumento de masa cerebral, aunque escarchada y escocida, conseguía Vapor: Genio refinado.

Actualmente del Gran Cerebro Escarchado funciona asiduamente una de las tres partes, la llamada Fénix. Las otras dos apenas dan respuesta ocasional.

Fénix cuentista

Power to move

Una vez, un joven de unos quince años que vivía en una aldea en medio de las montañas se preguntó cual era la naturaleza del poder. Se preguntó qué era aquello que hacía moverse a las personas para alcanzar sus objetivos y sobre todo, cómo podía él mover a los demás, darles aliento y secretamente en su interior, hacer que respondiesen a sus intereses.

Una mañana se fue a ver al alcalde, supuestamente él hombre con más poder del pueblo, y le preguntó:
- ¿Cómo hace para que los aldeanos le hagan caso y por qué lo eligieron a usted?
El alcalde le respondió:
- Me escogieron por qué soy el hijo del anterior alcalde y mi familia es conocedora de leyes y costumbres como ninguna. Con ellas se mantiene el orden y la paz en la aldea, y nuestra gente lo sabe y me respeta.

El joven se fue de allí no demasiado convencido de lo que el alcalde le había dicho, aunque le intrigó aquello del respeto. Al parecer el poder tenía que ver con el conocimiento de las leyes, una especie de conociemiento superior al que a él le habían enseñado en la escuela, pero aun no estaba seguro de que fuera así y se fue a ver al intelectual del pueblo, versado en todo tipo de materias. Y le hizo una pregunta más precisa de acuerdo con lo que quería saber:

- ¿Qué es un líder?
- Un líder es alguien que se hace querer por los demás. Es alguien que destaca y se gana la estima de las personas con las que se encuentra. El líder genera confianza y esperanza, contagia alegría y a través de actos honorables que lo hacen extraordinariamente capaz y valioso es seguido. Lo reconocerás porque su sola presencia es un alivio para los sufrimientos de la gente.

Tras ello, el quinceañero empezó a actuar noblemente y a estudiar sobre las costumbres y las leyes que gobiernan y con los años su reputación fue en aumento, los vecinos lo estimaban y confiaban en él para solucionar sus problemas. Y pronto se dio cuenta de que el conocimiento le daba poder y descubrió por su cuenta que el entusiasmo que ponía en todas sus empresas era contagioso, constructivo y cuando lo quería beneficioso para él mismo. En algunos momentos, incluso se apercibía con miedo de lo que podría hacer si tuviese menos escrúpulos.

Un día llegó a la aldea un grupo de extranjeros y le dijeron al alcalde que pretendían comprar la aldea para construir edificios. Los aldeanos podrían vivir con una reducción del precio original del 20%. El alcalde se ciñó a las leyes, las suyas, las que conocía, y demostró mediante papeles que las tierras eran de sus gentes y no estaban a la venta. El intelectual, que en aquellos momentos asesoraba al alcalde, añadió que en cualquier caso era injusto porque los aldeanos tendrían que comprar nuevas viviendas cuando no tenían necesidad. Los extranjeros arguyeron que era inevitable el cambio y que ocurriría por las buenas o por las malas y luego se fueron pidiéndoles que recapacitaran.

El joven, que ya se había convertido en adulto, escuchó en silencio toda la conversación y más tarde les preguntó con cierto temor al alcalde y al intelectual si no sería bueno llegar a un acuerdo con ellos. Ambos le respondieron que la negociación había terminado y que habían actuado cortés y civilizadamente dejando muy clara su posición. Así pues, a pesar de la inquietud que le había generado el tono amenazante de los extranjeros, confió en sus mentores y no se preocupó más.

Dos semanas más tarde los extranjeros llegaron armados e incendiaron la aldea matando a varias personas. Luego volvieron los negociadores y volvieron a poner sobre la mesa la oferta. El alcalde y el intelectual finalmente cedieron. De esta forma, entendió finalmente que lo que él había aprendido hasta ahora había sido a conseguir autoridad y respeto, pero no poder. La justicia y las leyes las imponen quien domina, quien gana el juego pone las reglas, y solo el resultado del conflicto da ese don. El líder es aquel suficientemente fuerte como para seguir manteniendo su justicia. El poder era la voz de la dominación y la barbarie: capacidad bélica.

Fénix cuentista

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Ante la Ley - Franz Kafka (Cuento extraído de la novela “El proceso”)



"Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta al guardián y le pide que le deje entrar. Pero el guardián contesta que de momento no puede dejarlo pasar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde se lo permitirá.
- Es posible - contesta el guardián -, pero ahora no.

La puerta de la ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el campesino se inclina para atisbar el interior. El guardián lo ve, se ríe y le dice:
- Si tantas ganas tienes - intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón hay otros tantos guardianes, cada uno más poderoso que el anterior. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo soportar su vista.

El campesino no había imaginado tales dificultades; pero el imponente aspecto del guardián, con su pelliza, su nariz grande y aguileña, su larga barba de tártaro, rala y negra, le convencen de que es mejor que espere. El guardián le da un banquito y le permite sentarse a un lado de la puerta. Allí espera días y años. Intenta entrar un sinfín de veces y suplica sin cesar al guardián. Con frecuencia, el guardián mantiene con él breves conversaciones, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas;
pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y al final siempre le dice que todavía no puede dejarlo entrar. El campesino, que ha llevado consigo muchas cosas para el viaje, lo ofrece todo, aun lo más valioso, para sobornar al guardián. Éste acepta los obsequios, pero le dice:
- Lo acepto para que no pienses que has omitido algún esfuerzo.

Durante largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años abiertamente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo entre murmullos. Se vuelve como un niño, y como en su larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, ruega a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz o si sólo le engañan sus ojos. Pero en
medio de la oscuridad distingue un resplandor, que brota inextinguible de la puerta de la ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte endurece su cuerpo. El guardián tiene que agacharse mucho para hablar con él, porque la diferencia de estatura entre ambos ha aumentado con el tiempo.
- ¿Qué quieres ahora? - pregunta el guardián -. Eres insaciable.
- Todos se esfuerzan por llegar a la ley - dice el hombre -; ¿cómo se explica, pues, que durante tantos años sólo yo intentara entrar?

El guardián comprende que el hombre va a morir y, para asegurarse de que oye sus palabras, le dice al oído con voz atronadora:
- Nadie podía intentarlo, porque esta puerta estaba reservada solamente para ti. Ahora voy a cerrarla."

Fénix Kafkiano