La amistad es nuestra religión; Nadie, nuestro Dios; y la ignorancia, nuestro templo. Bienvenidos.
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miércoles, 19 de enero de 2011

El Método de Bono

Sueño. Dormir. Mmm… sueño, de nuevo.
De repente, un ruido monstruoso perturba la acción onírica que tan gustosamente estaba teniendo lugar en mi cabeza.
Es un arreglo electrónico, tan fuera de lugar en el desarrollo del sueño que empieza a eclipsarlo.
La incomodidad va en aumento. De dónde coño sale? Joder, puto ruido.
La serotonina empieza a circular libremente por mi organismo y provoca un despertar angustioso, como la expulsión de las entrañas de una madre.
La sirena que no acertaba a identificar era la alarma del despertador.
Le inflijo un daño físico ligero al aparato con la esperanza de que deje de martillearme el encéfalo, y me dispongo a retomar mis andanzas oníricas.
Nada, la alarma sigue torturando de manera inclemente mi oído exterior, medio y (sobretodo) interno. Puta alarma.
Me incorporo costosamente, tomando conciencia de las babas resecas y legañas de mi cara, dulce despertar, y le doy indefectiblemente al botón de parar la alarma.
Ni por esas, el ruido no cesa. A este paso se acabará despertando hasta Michael Jackson, a lo thriller.
Esta vez le inflijo al despertador un daño físico severo y directo, con la esperanza de tocar un punto vital.
Pero nada, bip-bip-bip-bip-bip-bip-bip-bip-bip-bip-bip!!!!!! La alarma no para.
Siguiente estadio, levantarse de la cama y analizar minuciosamente el despertador del demonio, concentrando el máximo de puntos de energía posibles en mi retina, con la esperanza de descomponerlo, como si pudiera fundir sus engranajes con mi ira.
No hay fallo, le doy a todos los botones que presenta el aparato (incluyendo el de apagado, listos) pero la alarma sigue sonando como viene haciendo media hora atrás.
Calibrando ya la posibilidad de sumergirlo bajo agua o destrozarlo definitivamente contra el canto de la pared, aparece por la puerta un tío repeinado con pinta de marisabiondo que, apoyado en el quicio, se dirige a mi:
-Yo de ti me plantearía una redefinición del problema: seguro que quieres desconectar el despertador? O quieres desconectar la alarma?
Me señaló el móvil, iluminado entre la colcha y las sábanas, que aún gritaba su bip-bip! horrible.
Lo cogí y se lo destrocé en la cabeza al tipo.
Al fin se callaron los dos y pude seguir durmiendo.


El Rapsoda de la ignorancia

viernes, 24 de diciembre de 2010

Feliz y escarchada Navidad!

(...) Si no hubiesen adornos de Navidad, la gente la celebraría? Quiero decir, en ningún sitio, en ninguna calle, ninguna casa, nada. Cómo hostias íbamos a saber entonces un mes antes que falta ese tiempo para Navidad? Y sin el acoso mediático, nada de campañas, nada de anuncios, adiós a los inaguantables spots de perfumes que se repiten año tras año, ya nos los conocemos y cuando los vemos al año siguiente otra vez es como saludar un conocido, oh, estoy enamorado de la tía del j'adore, qué pretencioso el notas éste con los musculitos y la cara angulada, vaya labios que tiene esta mujer, qué mal me cae el niñato de calvin klein, y no, este año tampoco me ha cambiado la vida ni el gordo, ni el niño, ni la madre que los parió a todos, y qué le regalo este año yo, ah, esto! no, esto no que ya se lo regalé el año pasado… mierda! y qué habrá de cenar esta nochebuena, pues lo mismo del año pasado, y del otro y el anterior, y en la sobremesa todos con las caras rojas que parecemos semáforos porque entre el vino de la cena, la estufa y la ropa de invierno no damos para más y aguantamos estoicamente el calor “del hogar, de la familia”, ui, que estamos a 32 grados, no tenéis calor? por qué no te quitas el jersey? no, no, que estamos en invierno, que hace frío mujer! claro que hace frío hombre, para qué te vas a quitar el jersey si en realidad aún hace más frío que en la central nuclear de Vandellós y ni nos ha salido un sarpullido en el cuello ni nos ha dado un golpe de calor ni nada, sigamos bebiendo y comiendo, ahora neulas, ahora polvorones, ahora turrones, ahora galletas variadas, ahora bombones, joder de dónde coño salen tantos dulces navideños, los regalan con los yogures? sigamos, sigamos a ver si nos da un cólico ya y podemos llamar tranquilamente la ambulancia, mientras los demás nos dedicaremos a criticar ferozmente a la parte de la familia que no ha venido y la abuela, que le ha estado dando al vino, sacará la pandereta y empezará a cantar villancicos sola buscando la complicidad de los nietos, abuela, que eso pasó de moda en 1978, ahora lo que se lleva es esto, y le enseñaremos a la abuela el último videoclip de shakira haciéndose un dúo lésbico con nelly furtado en youtube, o le enseñaremos la cantidad de amigos que nos han felicitado la navidad en facebook, twitter, tuenti, badoo, myspace, espera abuela, que voy a googlear más redes sociales a las que pertenezco y no me acuerdo, que uno piensa, para qué? si en todas tienes exactamente los mismos amigos agregados, tan sustancial y atractivo es el cambio de formato? qué más da, joder, si a nosotros lo que nos gusta es sentirnos queridos en varios canales y varias veces, aunque sea por la misma gente! pero da igual, que me voy del tema, y entonces saldrá nuestro tío a contarnos anécdotas de la mili porque la abuela anda a lo suyo con la zambomba y nosotros con internet o la play, y el abuelo está durmiendo, y nuestra prima nos lo recuerda como cada año con una sonrisa, mira se ha dormido el abuelo ja, ja, pues sí se ha dormido, gracias por la información, cómo podía continuar la navidad sin saberlo? uh, y la cosa mejora si tenemos sobrinitos o hermanitos pequeños, la madre, no juegues con eso, el niño pasa y sigue a su puta bola, la madre insiste, esta vez con menos ganas, deja eso, y tu pensando.. verás, y claro, al final Crac! se rompe la puta copa o lo que coño sea con lo que el niño ha estado jugando, la madre, mira que lo sabía, mira que lo veía venir! pues si lo sabías por qué no lo has evitado, idiota, que ahora me toca recogerlo a mí! y tu madre, nene por qué no vas a jugar con tu sobrinito, y uno piensa por qué no te vas a jugar tú, joder, te piensas que porque esté más cerca de su edad a mí no me toca los huevos o qué? pero con todo y con eso tú te vas a jugar con tu adorable sobrinito porque eres buena persona o demasiado cobarde para replicar así a tu madre, depende cómo lo veas, y aprovechas para proponerle algún juego de violencia, rollo luchas o por el estilo, ya que él siempre acepta y tú aprovechas para canalizar parte del odio reprimido hacia él camuflándolo en golpes con un poco de fuerza extra hasta que el niño se acaba quejando a su madre y tú diciendo pero qué dice este niño? y él que sí que sí mami, mira los moratones que me ha hecho el primo, agachas la cabeza rollo avestruz ante la mirada asesina de su madre, o bien estás ante un macarra en potencia y en el juego es él quien  te pega la paliza a ti, y aún así es mejor escuchar a nuestro tío hablando de la mili porque en la tele todas las cadenas hacen un complot para ofrecer una suerte de circo de los horrores mal llamados “lo mejor de cada casa" o "lo mejor del año” o estupidez por el estilo, que consiste en enseñarte una socorrida combinación catódica entre los momentos más vergonzosos de la cadena y freaks de toda condición dispuestos a ahogarse en el muladar de la humillación absoluta con tal de conseguir su minuto de oro en la caja tonta, además de airear los trapos sucios y aliñado con cualquier escena susceptible de llamar la atención del buen consumidor televisivo, eso sí, que nos permita sonreír y aplaudir como focas sin que ello suponga el menor índice de actividad cerebral, compilados y ordenados y soltados todos uno detrás de otro sin un momento de clemencia, quitad eso por favor! la madre cambia de canal y aparece raphael cantando el mira cómo beben los peces en el río a dúo con bisbal, horror!! y aquí ya cuando uno entre la calor, la ingesta proteínica desaforada, los golpes del sobrinito, las batallitas del tío, los villancicos de la abuela y ver a la aramis fuster rapándose en directo y fingiendo desmayos con lágrimas en los ojos llega un punto que piensa buenas, quién va a ser el familiar más amable como para sacrificarme, por favor? esta no es la idea de navidad que tenía, pero qué sería la navidad sin estas todas estas cosas, verdad? Pues a eso es a lo que venía a referirme

(Escrito el 25-12-2009, fragmento de un relato, ligeramente modificado -pero totalmente de acuerdo!-)

El Rapsoda de la ignorancia

martes, 7 de diciembre de 2010

Escoria

Una noche cualquiera de agosto, dos policías establecían su turno de patrulla por una zona poco transitada, a las fueras de la ciudad; esa noche tenían ganas de fiesta, estaban animados.
En un recodo de la carretera, algo más allá en el campo y detrás de unos arbustos, divisaron un viejo coche estacionado, y con las luces apagadas se dirigieron hacia el lugar.
Pararon a unos pocos metros y bajaron del coche patrulla. Rodeando sigilosamente el otro auto, y a pesar de la oscuridad del lugar, avistaron un par de figuras en el interior que se movían rítmicamente.
El de mayor rango, un hombre de unos cincuenta años, se sonrió y le dijo a su compañero:
-Vamos a divertirnos un rato, qué te parece?
El otro, de semblante lánguido, ya conocía a su jefe y le devolvió la sonrisa. Estaba más cerca de la puerta trasera, donde se encontraban los jóvenes, y tenía la mano echada sobre su pistola en el cinturón.
-Quién empieza?
-Ve tu primero -le dijo el jefe-. Saca al chico, que nos vamos a entretener.
Entonces el más joven de los dos policías abrió la puerta trasera y encañonó a la pareja adolescente que estaba en pleno coito, dándoles un susto de muerte.
-Quietos! No sabéis que está prohibido utilizar esta zona como picadero?
El chico, que no tendría más de diecinueve años, balbuceaba muerto de miedo con los calzoncillos por la rodilla:
-P-pero...
-Os vais a cagar. Tu, listo, fuera del coche.
Se subió los pantalones lo más aprisa que pudo y obedeció con diligencia al agente. Ya fuera, la chica se colocaba el vestido para salir también del vehículo. El policía se lo impedió:
-Tu, quieta ahí.
Completamente desconcertado y asustado, el joven no lograba entender:
-Eh, eh, pe-pero... qué va a hacer? Eh, qué pasa?
Entonces se dejó ver el policía veterano, al que hasta el momento no había advertido:
-Tu ven conmigo, que te voy a hacer unas pruebas. Y calladito o te meto un puro que te enteras.
El otro agente de la orden y la ley se metió en la parte trasera del coche cerrando la puerta tras de sí con el seguro.
-Eh, eh... qué le va a hacer? Qué hace...?
-Que te he dicho que te calles, coño!- le gritó mientras le arreaba con la culata de su arma reglamentaria en la cabeza- Y que vengas pa'cá.
En los siguientes quince minutos, el joven fue obligado a limpiarle las botas al veterano agente mientras éste le insultaba, vejaba e incluso le pateó una vez, a la par que escuchaba los gritos de su novia a veinte metros dentro del coche, hasta que se oyó un ruido sordo y ya sólo se escuchó la vieja amortiguación del vehículo.
El policía más joven salió al poco del coche y le dijo al otro “ya está; le he tenido que dar, porque no se callaba”, mientras se abrochaba la cremallera.
Entonces el jefe dejó al muchacho con el otro y se dirigió sonriendo y palpándose ostentosamente la entrepierna por encima del pantalón hacia donde acababa de salir su compañero.
Al llegar y abrir la portezuela del coche, con las bragas en los tobillos y un pequeño moratón en la ceja, los ojos de su hija le devolvieron la mirada más aterrada que el viejo policía vería en su vida.

Basado en una notícia 


El Rapsoda de la ignorancia

sábado, 25 de septiembre de 2010

Mis Maestros de la Literatura

Valorando prioridades decidí pasarme por los jardines de la calle Ondina a ver si estaba el Nico y solucionar lo primero el asunto de la medicación. Hubo suerte y allí lo encontré, lo que no siempre es fácil por la mañana -supongo, porque las mañanas no son mi fuerte-. Estaba sentado en el respaldo de un banco, con las botazas sobre el asiento. Reconocí a su lado a ese amigo suyo que parece que acabe de salir de Mathaussen. La gente no tiene término medio: o pretaporté de Silverio Montesinos, o chándal Naik con más mierda que logotipo.
-Qué quieres, picha.
-Cinco taleguitos.
Después de una pausa que me hizo sospechar un acceso autista, se fue caminando hacia el margen del parque con parsimonia de peripatético y me quedé a solas con el compái de Mathaussen, que tampoco parecía muy espitoso que digamos.
-¿Oye, y cuando se pague en euros cuánto valdrán los cinco talegos?- pregunté, más que nada por ver si el tío seguía vivo.
-Yo que sé, colega: es todo el mismo rollo...
Ahí se quedó el amigo, pero a mí me entraron verdaderas ganas de saberlo. Si seis euros son mil pelas, cinco mil pelas serían treinta euros. Números casi redondos, aunque era seguro que el Nico encontraría la manera de encarecer la mercancía aprovechando la movida. El compái, entretanto, parecía haber entrado en un bucle reflexivo que más valía la pena no perturbar, así que encendí un Ducados y me senté en el banco a fumarlo. Lo bueno que tienen los colgaos es que uno puede sentarse a su lado a fumar en silencio durante media hora y no pasa nada, se distraen solos. En cambio treinta segundos en el ascensor con un Usuario Registrado de Güindous le agotan la paciencia a cualquiera. Claro que los colgaos son fatales para según qué cosas: no dicen nada entretenido, no se les puede pedir dinero, y cuando alguno se mete a guardia de tráfico o profesor de lógica acaba montando unos pollos horrorosos con las preferencias en el cruce y los condicionales contrafácticos. El caso es que saqué del bolsillo el pósit que me había dado The First, por ver si la dirección que le interesaba caía cerca. “Jaume Guillamet nº15”, había escrito con esa letra suya tan estupenda. Me entretuve en intentar localizar mentalmente el número; conozco bien la calle, el 15 tenía que estar en la parte alta. Ensayé un paseo mental Guillamet arriba tratando de recordar todos los edificios a derecha e izquierda, pero quien intente un ejercicio semejante se convencerá de una de mis más originales hipótesis -erróneamente atribuida a Parménides-, según la cual la realidad tiene unos agujeros así de gordos. A todo esto llegó el Nico con la pieza y se acabó el viaje astral. Me despedí de él y del compái con ese simulacro de cortesía con que uno le hablaba a su camello de cabecera y salí por la parte baja del parque. El día prometía: porros, comida y priva. Sólo la perspectiva de tropezar con la Fina enturbiaba un poco el horizonte. Es sabido que las mujeres son pozos sin fondo, capaces de absorber toda la atención que uno pueda dedicarles; pero me refiero, claro está, a las que no cobran en metálico por el asunto de la jodienda, y lamentablemente la Fina no cobraba, al menos en metálico.

Lo mejor que le puede pasar a un cruasán, Pablo Tusset


Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas. Los seres humanos elevamos ciertos tópicos a las alturas para esquivar la poca importancia de nuestras vidas. De ahí que la amistad aparezca representada por pactos de sangre, lealtades eternas e incluso mitificada como una variante del amor más profunda que el vulgar afecto de las parejas. No debe de ser tan sólido el vínculo cuando la lista de amigos perdidos es siempre mayor que la de amigos conservados. El padre de Blas solía decirnos que la confianza en los otros era un rasgo del débil, pero claro, cualquier asomo de humanidad era para él poco menos que una mariconada. Coronel en la reserva de consentida inclinación nazi, no concedíamos demasiado valor a sus opiniones. En el fondo sonaba más sabio lo que un tirado en una taberna nos gritó un día: “Yo a mis amigos no les cuento mis penas; que los divierta su puta madre.” La amistad siempre me ha parecido una cerilla que es mejor soplar antes de que te queme los dedos y, sin embargo, aquel verano no habría podido concebir los días sin Blas, sin Claudio, sin Raúl. Mis amigos.

Cuatro amigos, David Trueba


Me siento en el sofá, al lado pero a cierta distancia de una zorra gorda con una pierna rota. Su miembro escayolado se apoya en la mesita del café y hay una repulsiva hinchazón de carne blanca entre la escayola sucia y sus pantalones cortos color melocotón. Sus tetas están asentadas sobre una lata gigante de Guinness y su blusa chaleco marrón lucha para retener sus blancas mantecas. Sus grasientos rizos oxigenados tienen dos centímetros de insípidas raíces grises y marrones. No hace ningún intento de reconocer mi presencia sino que deja escapar una horrenda y vergonzosa risa de burra ante algún comentario inane que hace Forrester, que no capto, probablemente acerca de mi aspecto. Forrester se sienta frente a mí en un sillón desvencijado, con su cara carnosa y su cuerpo delgado, casi calvo a los veinticinco. Su pérdida de cabello durante los dos últimos años ha sido espectacular, y me pregunto si habrá cogido el virus. Pero lo dudo. Dicen que sólo los buenos mueren jóvenes. Normalmente haría algún comentario borde, pero en este momento preferiría insultar a mi abuela hablándole de su bolsa de colostomía. Después de todo, Mikey es mi hombre.
En la otra silla junto a Mikey hay un hijoputa de aspecto maligno, cuyos ojos están sobre la guarra hinchada, o más bien sobre el porro poco profesionalmente liado que se está fumando. Ella le da una calada extravagantemente teatral, antes de pasárselo al tipo de aspecto maligno. No tengo nada contra los tíos con ojos de insecto muerto en las profundidades de rostro de roedor. No son todos malos. Es la ropa de este chico la que le delata, destacándole como un vivales de cuidado. Es obvio que ha estado residiendo en uno de los hoteles de lujo del grupo Windsor: Saughton, Bar L, Perth, Peterhead, etc.,* y aparentemente ha estado allí bastante tiempo.
(...) *Relación de cárceles escocesas.
Si alguna vez han visto un rostro de depredador, era el de Saughton. La Guarra Gorda, Dios, qué grotesca es, rebuzna, y yo me esfuerzo por soltar la carcajada servil de rigor en los intervalos que estimo más o menos apropiados.
Después de escuchar esta mierda durante un rato, el dolor y la náusea me fuerzan a intervenir. Mis señales no verbales han sido ignoradas despectivamente, así que entro a saco.
“Perdona que te interrumpa en este punto, colega, pero voy a tener que ponerme los patines. ¿Tienes la mandanga a mano?”
La reacción es desmesurada, incluso respecto de los cánones del mierdoso juego al que está jugando Forrester.
“¡Cierra la puta boca! Jodido capullo. Ya te diré yo cuándo tienes que hablar. Tú cierra el pico. Si no te gusta la compañía, puedes irte a tomar por el culo. Y punto.”
“No te ofendas, colega...”, por mi parte todo es dócil capitulación. Después de todo, este hombre es para mí un dios. Caminaría a cuatro patas sobre cristales rotos durante mil kilómetros para usar su mierda como pasta dentífrica y ambos lo sabemos. No soy más que un peón en un juego llamado “El Marketing de Michael Forrester Como Tipo Duro”. (...)
Me trago algunas humillaciones soeces más durante lo que parece una eternidad. Las capeo sin inmutarme, eso sí. Nada amo (salvo el jaco), nada odio (salvo aquellas fuerzas que me impidan el conseguirlo) y nada temo (salvo no poder pillar).
También sé que un cagao como Forrester jamás me haría pasar por toda esta pantomima si tuviera intención de dejarme tirado. (...)
“¿Qué cojones es esta mierda?”
“Opio. Supositorios de opio”, dice Mikey cambiando de tono. Resulta cauteloso, casi exculpatorio. Mi exabrupto ha hecho añicos nuestra simbiosis chunga.
“¿Qué coño quieres que haga con esto?”, digo sin pensar, y empezando a sonreír cuando caigo en la cuenta. Eso saca a Mikey del apuro.
“¿De veras quieres que te lo diga?”, se mofa, recuperando algo del poder que acaba de ceder, mientras Saughton se ríe y la Guarra Gorda rebuzna. Puede ver que no me hace gracia, sin embargo, así que continúa: “No es un pico lo que necesitas, ¿verdad? Quieres algo lento, que te quite el dolor, que te ayude a desengancharte del jaco, ¿verdad? Pues éstas son perfectas. Diseñadas a medida de tus necesidades. Se derriten pasando a todo el sistema, el flash se acumula y después se desvanece lentamente. Ésas son las pirulas que emplean en los hospitales, joder.”
“¿Entonces crees que valen la pena, tío?”
“Haz caso a la voz de la experiencia”, sonríe, pero más hacia Saughton que hacia mí. La Guarra Gorda echa hacia atrás su cabeza grasienta, exhibiendo grandes dientes amarillos.
Así que hago lo recomendado. Hago caso a la voz de la experiencia. Me excuso, me retiro al retrete y me las inserto con gran diligencia por el culo. Era la primera vez que metía el dedo por mi propio agujero, y me asaltó una sensación vagamente nauseabunda. Me miro en el espejo del cuarto de baño. Pelo rojo, mate pero sudoroso, y un rostro pálido con un puñado de repugnantes granos. Hay dos bellezas en particular: en realidad, a éstas habría que clasificarlas como forúnculos. Uno en la mejilla y uno en la barbilla. La Guarra Gorda y yo haríamos una excelente pareja, y me recreo con una perversa visión de los dos en una góndola por los canales de Venecia. Vuelvo escaleras abajo, todavía chungo pero con el colocón de haber pillado.
“Tarda un rato”, hace notar toscamente Forrester, mientras hago mi entrada en el cuarto de estar.
“¡A mí me lo dices! Para el bien que me han hecho hasta ahora, tanto daría que me las hubiera metido por el culo.” Recibo mi primera sonrisa de parte de Johnny Saughton por mis penas. Casi puedo ver la sangre alrededor de su retorcida boca. La Guarra Gorda me mira como si acabase de masacrar ritualmente a su descendencia. Esa expresión dolorida e incomprensible hace que tenga ganas de mearme en los gallumbos de risa. Mikey pone una cara muy ofendida de yo-soy-el-que-hace-los-chistes-aquí, pero matizada por la resignación ante el hecho de que su poder sobre mí ha desaparecido. Terminó con la finalización de la transacción. Ahora él no representaba más para mí que una mierda de perro en el centro comercial. En realidad, bastante menos. Y punto.

Trainspotting, Irvine Welsh


LAURENCIA:
¿Qué dice Mengo?

BARRILDO:
Una cosa
que, siendo cierta y forzosa,
la niega.

MENGO:
A negarla vengo
porque yo sé que es verdad.

LAURENCIA:
¿Qué dice?

BARRILDO:
Que no hay amor.

LAURENCIA:
Generalmente, es rigor.

BARRILDO:
Es rigor y es necedad.
Sin amor, no se pudiera
ni aun el mundo conservar.

MENGO:
Yo no sé filosofar;
leer, ¡ojalá pudiera!
Pero si los elementos en discordia eterna viven,
y de los mismos reciben
nuestros cuerpos alimentos,
cólera y melancolía,
flema y sangre, claro está.

BARRILDO:
El mundo de acá y de allá,
Mengo, todo es armonía.
Armonía es puro amor,
porque el amor es concierto.

MENGO:
Del natural, os advierto
que yo no niego el valor.
Amor hay, y el que entre sí
gobierna todas las cosas,
correspondencias forzosas
de cuanto se mira aquí;
y yo jamás he negado
que cada cual tiene amor
correspondiente a su humor,
que le conserva en su estado.
Mi mano al golpe que viene
mi cara defenderá;
y se cerrarán mis pestañas
si al ojo le viene mal,
porque es amor natural.

PASCUALA:
Pues ¿de qué nos desengañas?

MENGO:
De que nadie tiene amor
más que a su misma persona.

PASCUALA:
Tú mientes, Mengo, y perdona;
nadie lo niega en rigor
que ama un hombre a una mujer,
o un animal quiere y ama
su semejante.

MENGO:
Eso se llama
amor propio, y no querer.
¿Qué es amor?

LAURENCIA:
Es un deseo
de hermosura.

MENGO:
Esa hermosura,
¿por qué el amor la procura?

LAURENCIA:
Para gozarla.

MENGO:
Eso creo.
Pues ese gusto que intenta,
¿no es para él mismo?

LAURENCIA:
Es así.

MENGO:
Luego, ¿por quererse a sí
busca el bien que le contenta?

LAURENCIA:
Es verdad.

MENGO:
Pues de ese modo
no hay amor, sino el que digo,
que por mi gusto le sigo,
y quiero dármele en todo.

BARRILDO:
Dijo el curo del lugar
cierto día en el sermón
que había cierto Platón
que nos enseñaba a amar;
que éste amaba el alma sola
y la virtud de lo amado.

PASCUALA:
En materia habéis entrado
que, por ventura, acrisola
los cerebros de los sabios
en sus academias y calles.

LAURENCIA:
Muy bien dice, y no te canses,
en persuadir sus agravios.
Da gracias, Mengo, a los cielos,
que te hicieron sin amor.

MENGO:
¿Amas tú?

LAURENCIA:
Mi propio honor.

[...]

COMENDADOR:
¿Dónde estará aquel Frondoso?

FLORES:
Dicen que anda por ahí.

COMENDADOR:
¡Por ahí se atreve a andar
hombre que matarme quiso!

FLORES:
Como el ave sin aviso,
o como el pez, viene a dar
al reclamo o al anzuelo.

COMENDADOR:
¡Que a un capitán cuya espada
tiemblan Córdoba y Granada,
un labrador, un mozuelo
ponga una ballesta al pecho!
El mundo se acaba, Flores.

FLORES:
Eso pueden los amores.

ORTUÑO:
Y pues que vive, sospecho
que grande amistad le debes.

COMENDADOR:
Yo he disimulado, Ortuño;
que si no, de punta a puño,
antes de dos horas breves,
pasara todo el lugar;
que hasta que llegue ocasión
al freno de la razón
hago la venganza estar.
¿Qué hay de Pascuala?

FLORES:
Responde
que anda ahora por casarse.

COMENDADOR:
¿Hasta allá quiere fiarse?
¿Qué hay de Inés?

FLORES:
¿Cuál?

COMENDADOR:
La de Antón.

FLORES:
Para cualquier ocasión
te ha ofrecido sus donaires.
Le hablé por el corral,
por donde has de entrar si quieres.

COMENDADOR:
A las fáciles mujeres
quiero bien y pago mal.
Si éstas supiesen, ¡oh Flores!,
estimarse en lo que valen...

FLORES:
No hay disgustos que se igualen
a luchar por sus favores.
Rendirse presto desdice
de la esperanza del bien,
mas hay mujeres también,
y el filósofo lo dice,
que apetecen a los hombres
como la forma desea
la materia; y que esto sea
así, no hay de que te asombres.

COMENDADOR:
Un hombre de amores loco
huélgase que a su accidente
se le rindan fácilmente,
mas después las tiene en poco,
y el camino de olvidar
al hombre más obligado
es haber poco costado
lo que pudo desear.

Fuenteovejuna, Lope de Vega


Llavors que dormiràs, ma bella tenebrosa,
al fons d'un monument en marbre negre alçat,
i que només tindràs per alcova i teulat
una fossa balmada i una cova plujosa;

quan la pedra, oprimint ta poruga pitrera
i els teus flancs que una gràcil indolència ablaneix,
impedirà el teu cor el voler i el panteix,
i als peus de prosseguir la cursa aventurera,

la tomba, confident del meu somni infinit
(car la tomba en tot temps sabrà entendre el poeta),
durant les fondes nits en què dormir és proscrit,

et dirà: “De què et val, cortesana incompleta,
d'haver ignorat què ploren els ja per sempre absents?”.
I els verms et corcaran com els remordiments.

Poema “Remordiment Pòstum”
Les flors del mal, Charles Baudelaire

El Rapsoda de la ignorancia

martes, 7 de septiembre de 2010

Una realidad inventada

El chico joven sentía una poderosa mezcla de sentimientos en su interior. Algo dentro de él fluía a velocidad vertiginosa, furiosa, incontrolable. Apenas se atrevía a echar un vistazo; le asustaba lo que allá pudiera encontrar. Le asustaba encontrar a Realidad. Realidad nunca tenía buenas palabras, era dura, fría y cruel, curtida sin un momento de cariño. Realidad era tan real. Realidad era lo que realmente temía. Desde su confortable mundo interior, el chico había ideado un complejo muro invisible con la pretensión de evadirse de todo aquello que rechazaba. Por eso le costaba encarar a Realidad. Verdaderamente, nadie conoce Realidad, se dijo. Quién sabe lo que es real?, se preguntaba.
Había abandonado la vieja estación de trenes, dejando atrás ese ruido que tanto detestaba y las luces de hospital de las paredes del andén que le deslumbraban y deprimían.
Miró en derredor. Nada. Quizá algo peor que nada: una calle húmeda, vacía y desangelada lo saludaba con desgana a la seis de la mañana, desde el gris desierto decadente que era la ciudad.
Le molestaba el eco de sus pasos en las sucias paredes desconchadas. Se paró a mear en un árbol, dejándose ver todo lo que pudo. Abandonó la botella vacía que llevaba en la mano desde hacía un par de horas.
Le apetecía horrores fumar, pero no llevaba papel encima. Siempre faltaba algo, siempre faltaba algo.

Llegó hasta la plaza del mercado, donde todos tenían prisa por irse. Parecía que nadie le esperaba por ahí.
Quizá algo de droga dura le iría bien. Cualquier forma de auto-destrucción le parecía conveniente.
Se sentó en el banco más guarro que encontró y sujetó la cabeza entre las manos. Había algo dentro de ella que la hacía ser jodidamente pesada. Cómo sacarlo? Realidad, realidad, realidad...
La realidad era que poco se le había perdido allí, así que siguió caminando. Sumergido en una de sus espirales inagotables, llegó al barrio más por defecto que por conciencia.
Cruzó la calle a escasos dos metros de un paso de cebra, pero fue el espacio suficiente para que un enorme y ruidoso camión de basura, que iba a toda hostia, hubiese de frenar considerablemente para evitar el inesperado cruce. El chico se plantó en mitad de la calzada, oyendo la salva de insultos personales que le dedicaba el malhumorado conductor. Se decepcionó muchísimo al darse cuenta que el pobre capullo jamás tendría los cojones para bajar y abrirle la cabeza con una barra de hierro. Tampoco había esperanzas de que lo atropeyaran, pues parecía ser el único vehículo de por allí. Le mandó insultos de vuelta a viva voz, algunos gestos amenazadores y un consistente escupitajo, que no dio en su objetivo por muchísimos metros de distancia, pues el camión no había parado. Decidió que a partir de ese momento odiaría todo el gremio de camioneros y basureros, aunque se acordaba de cuando era pequeño y cada noche, religiosamente, estuviera estudiando, cenando o llevando a cabo cualquier otro quehacer doméstico propio de un crío de ocho años, al escuchar el ruido del camión que paraba delante de casa corría sonriente hacia la ventana para ver todo el proceso de recogida de desperdicios. Cuando habían acabado, saludaba a los dos basureros, que a su vez siempre le devolvían el saludo mientras se reenganchaban a la parte posterior del camión y éste arrancaba. “Pero las cosas cambian, verdad Realidad?”
Incómodo con esa sensación, que se sumaba al profundo bucle en cuya corriente daba dolorosos tumbos, siguió andando por una calle que olía a meados y vómito, aún fresco.
El futuro le preocupaba. El pasado le ahogaba.

Llegó a una plaza donde una tía con aspecto de lesbiana profunda miraba impasible y con gesto marcial cómo su mascota se dirigía contenta hacia el chico. Normalmente le daba asco tocar los perros, pero acarició a éste como si se hubiera reencontrado con el suyo después de muchos años. Había algo en su cuidado pelaje suave y blanco que le tranquilizaba. Aquel chucho fue la excusa definitiva que le hizo borrar al conductor de unos segundos atrás. Siguió tocando y sobando al bicho todo el rato que quiso, se sentía cómodo e incluso se perfilaba una sonrisa en su cara. El ritmo de cola en abanico del animal crecía y se subió a las rodillas del chico, ajeno a las toscas llamadas que le profería su dueña con el fin de que volviera.
-Espérate un momento, joder!
Qué cojones había de malo en que tocara a su perro, el chico no lo sabía, pero le desquiciaba la tía ésa. Siempre sobra algo. O sobraba o faltaba, el joven no se explicaba cómo podía ser todo tan complicado.
El manto de la noche se iba retirando para dejar paso a un pálido y tímido amanecer. Miró el cielo.

Ahora comprendía. El rumor sordo que había sentido durante todo el camino en su interior, leve pero constante, como un ejército implacable e infinito de decididas hormigas, esa sensación largamente olvidada tiempo atrás, era la de echar de menos a alguien. Se asustó al percatarse, por fin, cuánto podía depender su bienestar del resto de personas que le rodeaban, cuánto precisaba ese apoyo, cuánto las necesitaba. Cuánto Realidad.
Allá arriba, en la confusa bóveda celeste, que no acababa de decidirse en desvestir su vestido de noche para dejar paso a tonalidades más suaves, una finísima luna despedía al chico. Le amargaban las despedidas, incluso las de la luna. Ésta no era ya más que un ligero perfil, una pincelada en el cielo tumabada boca abajo aparentando ser una sonrisa. Pero era una sonrisa apagada, que se borraba y desaparecía a cada segundo, recordándole al joven que todo lo que en la noche había ocurrido, en la noche se quedaba. Recordándole que todo fue, estuvo, pero ya ni sería ni estaría. Susurrándole desde su velada sonrisa que dejara los sueños para la noche. Anunciándole, en definitiva, que por el día le esperaba Realidad. Duras semanas de Realidad.

El chico bajó la cabeza y miró en los ojos del animal. Unos ojos de perro que le transmitieron más que la mayoría de gente que conocía. Eran de un verde fresco y campestre, mezclado con algunos tonos tirando a marrón. Desde cuándo eran tan complicados los ojos de un perro?
Con todo y con eso, observaban con curiosidad mal disimulada al joven, alegre y sinceramente, ajenos a la tormenta desatada en el interior de éste.
En la vida, un momento te cruzas un camión de mierda y al siguiente te regalan este hermoso instante, divagaba el joven.
Acercó su cara a la del perro y buscó significado en ellos.
Sabía que no encontraría nada. Que el significado de lo que sentía debía buscarlo en la papelera que había destrozado a patadas, en las vallas del ayuntamiento que había tirado una por una con fúria creciente, o en la violencia incontinente con la que había arrancado un espejo retrovisor para golpearlo con rabia contra una pared de hormigón, cortándose los dedos con los pequeños vidrios que saltaban y esperando que, a parte de las miradas alarmadas de los viejos que sacaban a pasear a los perros, alguno se atreviera a partirle la cara a él.

El Rapsoda de la ignorancia

viernes, 3 de septiembre de 2010

Doce meses escarchalizados

Doce meses atrás, tres amigos reencontrados discutían por vez décimocuarta la manera de bautizar el proyecto en el que ansiosamente se querían embarcar. Todos tenían muchas ganas de empezar a trazar sus pensamientos en este hueco del espacio virtual, pero el simple hecho de no encontrarle título a la aventura los retrasó mucho más de lo esperado, lo cual dice mucho de los tres.
Final, y felizmente, hallaron uno a gusto de los tres. Uno, de hecho, bastante representativo. Un año de Escarcha Mental.

Pero veamos antes un poco el resumen de esta temporada en el blog:

-Nuestro publicador más prolífico sin duda es Isaac, alias el Fénix, con 97 entradas en su haber, las cuales he procurado dividir en temas principales*. Con 26 entradas, las actualizaciones gráficas (inclúyase vídeos, fotografías y dibujos) representan su gran baza, siendo la vía visual para él la más directa para expresar sus pensamientos y emociones. Sin embargo, también se puede apreciar un gran gusto por las citas de autor (con 15 entradas dedicadas a éstas) y predilección por las reflexiones, tanto de aspectos sociales, culturales o demás, con 17 entradas de esta temática en su palmarés. Aunque no es su temática predominante, multiplica por diez las actualizaciones dedicadas a temas amatorios del resto de componentes, con 10 entradas de significativa base romántica. Por último, dedica 10 de sus fragmentos a la sociedad, la mayoría de los cuales publicados en los albores del blog, abanadonados más tarde; 9 relatos, lo cual es una lástima, pues talento y ganas no le faltan, y también 9 a la poesía, siendo él el único que se ha dignado a deleitarnos con actualizaciones en composición lírica, destacando a Cyrano y también algunas de cosecha propia.

-El segundo integrante, Pareja, el hombre de los mil apodos o de apodo invisible, se destaca con 42 entradas, resaltando la abundancia también del material gráfico, en el cual vale la pena comentar que es un artista, con 24 entradas de esta temática. Lo mismo que le digo al Fénix, que es una lástima que sólo tengas 7 relatos originales colgados porque tienes una mano fabulosa para la escritura también. Publicó 5 reflexiones, 3 actualizaciones dedicadas a la sociedad y 2 a las citas. En tu caso solamente encontramos 1 de temática amorosa.

-Por último, J.Y. o el Rapsoda de la ignorancia se sitúa con 27 entradas, muy por debajo de sus colegas, con una predominancia tan clara como de 20 entradas dedicadas a relatos. 5 de sociedad, 1 sola de temática romántica y en un contraste absoluto con los compañeros, 1 gráfica (dedicada al Fénix).

-Contamos con dos entradas extra, al modo de invitados estrella de las series de televisión, una de ellas un montaje fotográfico currado por Óscar, amigo de Isaac, y un pequeño relato-auto-reflexión de Raúl, un colega universitario.

-Hasta fecha de hoy, y sin contar la presente, hay un total de 168 entradas, lo cual da una media aproximada de una entrada cada dos días.

-El mes de máxima creatividad y abundancia publicadora fue nada menos que septiembre del año pasado, el primero de vida, con 22 apariciones. Los que menos febrero y los dos pasados, julio y agosto, los tres con 7 entradas por mes. Parece claro que las vacaciones no le sientan demasiado bien al blog.

-Desde que se instaló el marcador de visitas, éste cuenta prácticamente 1780, de las cuales diría que aproximadamente un tercio nos pertenece a los autores.

-Tenemos tres seguidores, lo cual me parece una injustícia absoluta. Uno de ellos pertenece a un blog hermano de uno de nuestros integrantes, Pareja, y otro es su prima. Así que me parece doblemente injusto.

-Como apunte curioso, notar que la que fue denominada y celebrada como la entrada nº100 es realmente la nº88, y que la 100 pertenece a una mía titulada “Post a antiheroísmo”, una reflexión.

*La división por temas y tal es puramente orientadora, a groso modo, pues está claro que hay reflexiones en las que se habla de la sociedad y relatos sobre amor, pero tampoco soy aquí la Agencia Estatal de Estadística, no os flipéis!

Hoy, abandonando ya la casilla del calendario correspondiente al 2 de septiembre para entrar estérilmente en la siguiente, se celebra un año de vida de nuestro blog. Un año de vida que hemos pasado más escarchados que nunca, siendo fácilmente olvidable para cualquiera de nosotros tres, que lo habremos de recordar como uno de los más funestos. Con todo y con eso, por parte de mis dos amigos, se han logrado objetivos y se han tomado decisiones valientes. Lo que nació como un pequeño proyecto en un puto kebab cualquiera al poco de reencontrarnos (proyecto al que se reenganchó Pareja) ha acabado siendo toda una forma de mirar la vida, no carente de cierta filosofía, un rincón cualquiera en el que tres post-adolescentes cualquiera aprovechan para reírse de ese mundo del que toman distancia a través de sus creaciones, sus dibujos, reflexiones, cuentos, historias y relatos; mundo que, con una mueca, parece devolverles una sonrisa cruel. Pero ello no deja de ser una excusa para que nos podamos continuar riendo de él!

Ha habido entradas de todo tipo y hemos recorrido nuestros guetos mentales con rachas de diversa índole, aunque predominando las de introspección y auto-crítica. Para mi gusto tenemos alguna que otra joyita camuflada entre nuestras actualizaciones que merecen una mención especial en este apartado. Entre ellas, destaco dos precisamente ausentes y que espero que su autor vuelva a publicar, como son (o eran) Tormenta de hojas y La polilla y el fuego. De Isaac también me quedo con su primera racha en la que su objetivo era la sociedad en general y sus relaciones en particular con unas críticas que daban que pensar, una entrada que pasó desapercibida y aún no sé si es original suya, titulada Showville, su poema Cap de pardals o cap de trons, el de La llama y una cómica dedicada a un jabalí en forma de combate pokémon. En cuanto a nuestro apreciado dibujante, sin ir más lejos destaco la mayoría de sus dibujos, quedándome particularmente con el que nos dedicó el año nuevo y el de la entrada 100, además de sus enormes cómics-historietas-auto-conclusivas como su “enamoramiento” repentino del Barça, sus historias de la vida (que es una pena que no continuara) o aquél Cómic dominical. También subrayo una entrada suya que es nuestra bandera, La amenaza tusken, y sus reflexiones personales en Reflexiones de un ex-enamorado y Mea culpa. Eso sí, una vez revisadas, confieso que con la entrada que más me he reído sin duda es el montaje fotográfico que tiene por título Isaac Malcolm, sencillamente enorme. Por lo que a mí respecta, y siendo el último capullo bajo el sol que quiere pecar de falsa modestia o de egocentrismo, solamente decir que no hubiera publicado nada bajo mi firma que no fuese de mi agrado, aunque me quedo con mi primera entrada que, curiosamente, un año después me sigue reflejando horriblemente bien.

Creo que ya hemos llegado al punto en el que el blog debería darse a conocer algo más. Ahí entran en juego los lectores, a los cuales no me puedo dirigir (en el caso de que existáis tales lectores) porque no os conozco. Si algo os gusta nos molaría que nos lo hiciéseis saber, lo mismo que si no os gusta. Seréis ampliamente recompensados con el talento de este par de artistas que son mis compañeros los cuales, dicho sea de paso, creo sinceramente que pueden escribir mejor que yo con sólo quererlo, pues desde luego talento e inventiva no les falta, si se ponen en serio. Expandid el virus de la escarcha!
Yo, como el rapsoda de la ignorancia que soy, me limitaré a seguir vagando de pueblo en pueblo, cantando mis alabanzas a la ignorancia y las estupideces a aquél que sea tan necio para querer oírlas, y por la noche me contentaré con tener un pajar prestado en el que dormir, eso sí, desde el que pueda contemplar las estrellas.

Lo de nuestros apodos, la naturaleza de las actualizaciones y nuestros cambios de temática por temporadas son todos ellos temas que creo podría estar interesante algún día tratar, pues parecen reflejarnos cojonudamente bien. De momento, os cederé a vosotros el turno, pues ando un poco escarchado.

Sin nada más, o nada más interesante o banal, que añadir... Felicidades Escarchados!

El Rapsoda de la ignorancia

lunes, 2 de agosto de 2010

Litigante moderado vs. Cuca super-desarrollada


He aquí la reclamada (que no por ello aclamada) pequeña historia de lucha que tantas veces me insistió el Fénix en que colgara. Se basa en un inocente intercambio de mensajes facebukeianos (en caso de que exista tal palabra) en que aproveché para auto-hacerme una oda (como buen raps-oda) debido a mi victoria frente a la bestia invertebrada de gran potencial que tan alegremente mancilló mi salón y mi bienestar ahora hace, exactamente, un año y una semana en lugares y circunstancias bastante diferentes a las actuales. Por entonces, me faltaban un par de días para desconectar unas semanas en Extremadura y el sur y estrenar un verano como quien abre un regalo, llevar a cabo toda una mudanza interurbana y estampar el calendario del nuevo curso con infinidad de proyectos, esperanzas e ilusiones que se quedaron por el camino. Esto último, quizás, no tan diferente del presente verano.
Bueno, solamente apuntar que el "relatito" se escribió en dos mensajes y que está copiado y pegado, es decir, que paso de poner acentos y metamorfosear "k's" en "qu's". Y ya veis, de paso me salió un prólogo.

(...) k aprovecheis el verano como mejor os plazca k yo esta noche he ganado una pequeña batalla personal al derrotar con mis propias manos a un ser mitologico cuyas antenas eran (lo juro) mas largas que mi dedo anular de la mano (miraos el anular, imaginad unas antenas mas largas k eso i ponedle cuerpo a la criatura, aver k os sale).
en realidad la lucha se desarrolló en tres partes, te explico (xD): la primera fue igual la más difícil, porque consistía en sacarla de sus dominios para llevarla a campo libre, y como el bicho no era tonto e imponía pues te puedes imaginar la situación. pero al final conseguí ponerla a un nivel muy cerca del mío. hasta ahí bien. pero no contaba con una de sus innumerables habilidades i propiedades fantásticas k era la de volar, asi k la hija d puta fue a posarse justo justo donde yo estaba. esos fueron los momentos más fréneticos i acarnizados de la batalla. por suerte reaccioné rápido i la dejé medio grogui de un buen golpe, alejándola de mí. pensé k me daría mas batalla, sin embargo (prometía mucho el bicho). pero ahí ya entramos en la tercera i ultima fase de la contienda, cuando el animal se da cuenta de mi "superioridad obligada" i busca como tan bien saben hacer en su especie, una ruta de salida k le sirva de escapatoria. ese fue su final. se autoencerró debajo de un armario en un rincón sin salida i sin agujeros, i ahí ya di el golpe definitivo con el ataque "Nube Mortal Vengadora", basada en una conocida técnica nazi consistente en expulsar 200ml de "raid" sobre la víctima, k acto seguido se contorsiona i retuerce sobre sí misma en una muerte muy dolorosa por asfixia i envenenamiento combinados hasta k perece. eso sí, tengo k decir en su favor k es la puta cucaracha más resistente k he visto en mi vida, i he visto alguna muy muy resistente (o bueno, aora k lo pienso realmente es la segunda). no, pero en serio, normalmente cualquiera d estos bichos con una buena nube d insecticida caen d seguida, d verdad. i esta se estuvo muriendo como más de medio minuto sin parar el chorro i aun se seguía moviendo, bestial. por cierto, no tengo semejante ataque "protogigante's punch", debe ser xq ni soy un protogigante o aun no tengo el nivel suficiente para adquirirlo o ya lo he olvidado o tengo k digievolucionar.
realmente t estoy aki metiendo un rollazo pero noveas lo a gusto k m estoy kedando.. jajaj tio, t parecera mentira, pero creo k una maldicion d bichos pesa sobre mí o algo. d pequeño no me molestaban nada, kiero decir ni m daban asco ni res, pero desde un dia k hice "algo terrible" parece como k busquen venganza. en el piso de sabadell tuvo lugar un enfrentamiento (me acordaré siempre) con una langosta gigante inmortal k me echó a mi habitacion despues de resistir al gas, los golpes i el fuego, brutal. muchas semanas despues de akello seguí mirando por los rincones fuera a ser k m esperara con la sierra akella gigante k llevaba a punto. luego, el último día k fui a cocinar algo por la noche en malaga, en unas circunstancias k no detallaré para k comer t siga resultando agradable el resto de tu vida, vi a la cucaracha mas grande k hay en la tierra yo creo, o almenos la mas grande k he visto con muchisima diferencia. i aora por último el capítulo k t he detallado.

Para no cortarlo aquí, y como apunte curioso, el tema acababa con las siguientes frases de Isaías: "(...) Muy buena, de verdad y mira que reconozco que me daba pereza leerlo. En serio, si la organizas un poco yo la publicaría en el blog ese que está en proyecto.
Aqui estoy yo en cualquier momento pa lo que haga falta y lo que falta no haga."
Siento decepcionar a tu yo del pasado, tío, pero ahora que me la he releído, no pienso que sea buena en absoluto...! Es una redacción más bien negra. Negra cucaracha.

El Rapsoda de la ignorancia

sábado, 19 de junio de 2010

Pequeña (e) lección, o no

El otro día me quedé a comer en la universidad. Llevaba un bocata y una pieza de fruta. Me acerqué por la facultad de sociología, donde se encuentra uno de mis rincones más tranquilos y preferidos para comer; estaba ocupado. Aquello me molestó un poco (siempre molesta un poco que el rincón preferido de uno esté ocupado inesperadamente), pero por suerte, siempre tengo otros en la recámara.
Mis rincones. Suelen ser sitios que pasen desapercibidos, con algún elemento o punto que me llame la atención (por mediocre o desangelado que parezca) y sobretodo desiertos, uno necesita siempre unos minutos de soledad al día y ésa es su gran baza. De ahí que moleste especialmente su “ocupación”.
Lo malo de aquél día es que el resto de rincones se situaban en el exterior, lo cual no hubiese estado más allá de no ser porque, por lo visto, en la rueda de la fortuna del clima tropical que llevamos sufriendo desde hace más de seis meses ininterrumpidos, tocaba una incesante lluvia que empapaba ánimos y ropa.
Después de considerar otros lugares como alternativa, tales como bancos dentro de la facultad o el bar, los deseché por estar todos llenos de gente, eso sin contar con el siempre posible coñazo de poder encontrarte algún conocido y la consabida interrupción de aquello que estuvieras haciendo tan felizmente.
Así que lo vi claro: de repente no se me ocurría mejor lugar para comer tranquilamente que en uno de los bancos de madera que hay en un pequeño patio de la facultad. Había dos bancos más pero, por contra de lo habitual, estaban más que vacíos. No había ni una sola persona en todo el patio exterior. Así que me acomodé tranquilamente en uno de los bancos, ya empapado, y me senté a comer el bocata con mi botellita de agua al lado y su todo. Puedo admitir que al principio puede ser una sensación un poco, digamos, extraña, sentarte en una tabla de madera completamente mojada, y acostumbrarte a la lluvia mientras comes, pero en seguida te habitúas. Me tomé todo el tiempo que quise y aún un poco más en acabar el bocata y la fruta, y después todavía me sobraron ánimos de liarme un cigarro y fumarlo con parsimonia de peripatético.
A todo esto, debo decir que era día de selectividad en la universidad, y a parte de los estudiantes habituales, aquello estaba a reventar de chavales que iban de aquí para allá nerviosos como pavos. El patio éste disponía de un pequeño porche en su entrada, al lado de la puerta, dispuesto a lo largo, aunque era muy estrecho. Así que todos los que normalmente se distribuiría por los bancos y la tierra se encontraban apelotonados en él, haciendo sus quehaceres habituales: fumar, beber café, comer, o simplemente charlar con el de al lado. Claro, al ser yo el único que estaba fuera, destacaba como una paloma en una convención de monos (sí, hacen convenciones los monos). Aquello, por lo visto, resultaba graciosísimo y extremadamente fuera de lo normal, porque la gente me miraba descaradamente, cuchicheaba entre ella para acto seguido reír sin ningún tipo de pudor mientras me dedicaban una segunda mirada de soslayo. En especial dos chicas jovencitas, debí alegrarles el día porque no paraban de reír a mandíbula batiente como hienas en celo.
Supongo que, al fin y al cabo, debía de tener mi cierta gracia comiendo yo solo ahí debajo el chaparrón, inmutable con todos los enseres “dispuestos” normalmente como si no me diera cuenta de que llovía considerablemente, con los pantalones literalmente chorreando, la camiseta calada, los brazos desnudos y el pelo empapado pegado al cráneo. Uno debe imaginar algo así como comer sentado debajo de la ducha.
Sin embargo, pasando por alto esas nimiedades, tuve tiempo de fijarme en que la gente del porche duraba muy poco fuera, porque no tenían apenas espacio para moverse ya que en seguida le daban al de al lado, estaban incómodos porque tenían que comer de pie, y no eran pocos los que ponían caras agrias por el humo del tabaco del vecino que inevitablemente ocupaba sus pulmones también. En poco rato vi desfilar una pila de gente. Parecían sardinitas recién pescadas, que no paran de moverse por la incomodidad, y que no encuentran la postura apropiada para esa lata tan estrecha en la que las acaban de depositar junto con tantas otras de su especie.
A mí, eso fue lo que realmente me pareció gracioso. Sobretodo teniendo en cuenta que, por una vez, tenía el banco para mí solo y podía estirarme a mis anchas, que no tragaba más humo que el mío, que no me había dado cuenta de lo agradable que resulta comer con esa ligera y fresca banda sonora natural de centenares de gotas cayendo a tu alrededor, y que incluso la hierba de mi alrededor y un enorme árbol casi en mi cabeza desprendían un olor a madreselva y a tierra húmeda que me hacían sentir en contacto íntimo con la naturaleza, en una paz breve y transitoria, pero profunda y tranquilizadora, un delicioso oasis pasajero que me predispuso a encarar con optimismo la tarea de la tarde.

De esta manera, como tan acertadamente dice el filósofo desconocido y no reconocido de Anatma, es oportuno reservar las fuerzas, pues no siempre es prudente nadar contra corriente, pero sí saltar de tanto en tanto fuera del agua y darse un gusto sin presiones respirando aquello que todos piensan que es veneno y sólo es otra forma de tomarse la vida.


El rapsoda de la ignorancia

domingo, 6 de junio de 2010

Un amor de primavera

Parapetado en el útimo asiento de la última fila del autobús, en un paupérrimo intento de separarme del resto del mundo en aquél incómodo viaje, sufrí el guadañazo directamente en mi inspiración de la primavera, que me atacaba sin previo aviso; y para los ingenuos que piensen que la primavera no va pegando guadañazos ni hace daño a la gente que sepa que es casi tan temible como su famosa hermana la muerte, y a veces puede incluso llegar a ser peor, por la difícil cicatrización de las heridas del amor.

Una mujer de cuarenta y muchos o cincuenta y justo se sentó a dos filas de donde estaba, quedando los dos de cara por aquellos azares, y desde aquél mismo instante el embrujador encantamiento de su mirada me hizo su presa durante todo el resto de trayecto, que es el tiempo justo que dura un amorío.

Atrevida cabellera, aunque no fueron sus cabellos del color de la hoguera que ya se apaga los que me llamaron la atención, fue su divina mirada, sus ojos mágicos fueron.

Obviando cualquier convención social sobre la mala educación de mirar fijamente a alguien, me abstraje en aquella mirada sin quererlo, y sin quererlo remediar, porque yo no estaba para convenciones sociales, pues una fuerza superior, llamada naturaleza o, diré más! amor, amor fugaz, me empujaba a no apartar la vista de aquella fuente de vitalidad, imagen que se me ha de quedar grabada a fuego en la memoria, y juro que eran los ojos más juveniles que he visto en la vida.

De una sinceridad cristalina, frescos, jóvenes, curiosos y con chispa, de una expresión absolutamente nueva para mí, y de un color que no habría acertado a imaginar jamás, digno de ser descrito por el mismísimo Homero, y como es digno de ser descrito por él, yo no lo haré para no hacer el ridículo. Daba la sensación de mirarse y reflejarse en una fuente infinita de juventud, acrecentada además por una medio sonrisa indescifrable que le confería aspecto de mujer divina regalando sus dones en un autobús urbano, y me sentí viejo, viejo al mirarla porque aún al tener la mitad de su edad y estar en la flor de la vida y atesorar la más preciada de las gracias que es la juventud, supe que nunca iba a conseguir ni una centésima parte de la vitalidad y alegría por existir que desprendían aquellas luces del alba.

Y la miraba y la miraba y pensaba ojalá no te bajes nunca, ojalá no se acabe el camino, y ojalá me acuerde de tus ojos, mi inspiración, en esos domingos grises que no tengo para compartir y me des un rayo de tu luz, pero no, no hará falta porque esos ojos no me han entrado por la vista, que lo han hecho por el alma, poderoso hechizo de radiante calma, y de repente me miró y aparté la vista azorado, como infante sorprendido en falta, poquísimas veces que me ha sucedido tal cosa.

Y si fuera un hombre, un amante, un poeta, le abriría mi alma y dejaría salir todo, fusilar la cobardía y bailar sobre su cuerpo, y acercarme a aquella fuente de juventud hermosa y divina y decirle si tú quisieras, si tú quisieras contigo me iría y lo dejaría todo y donde fueras te acompañaría, si tú quisieras, porque aunque en el exterior creas que parezco joven, mi espíritu muere, y aún no sé si tengo espíritu, pero hagamos una locura y deja que la dama de la noche abrazados nos descubra, tus soles de alegría contra su plateada, melancólica luz mortecina, si tú quisieras, déjame beber de tu fuente inagotable y sentir la joya de estar vivos, porque tus ojos no son huecos, ni tristes, ni grises, ni apagados, ni están cansados de lo que ven, ni puede verse uno reflejado pues son puros y profundos, si tú quisieras, tu mirada secuestra la nostalgia y desarma la tristeza y de repente todo se llena de colores, todo es nuevo y está por descubrir, sacude el mundo su capa agonizante, y quizás creas que soy un ingenuo y un loco y un enamorado de primavera, y puede que tengas razón! pero esos son los mejores amores, así que mi joven señora, no lo dejes pasar, no lo desaproveches, que no sé si estoy loco, enamorado o en tu trampa celestial caí simplemente, pero sí sé que alguien debió capturar el dulce aroma de un amanecer primaveral y encarcelarlo para siempre en tu mirada, si tú quisieras, si tú quisieras a tus pies yacería y en las sombras de la noche te diría te entrego mi juventud, que no la quiero, para que la guardes en tu mirada, si tú quisieras.

Y no sé si eran los ojos más bonitos que he visto en mi vida, porque yo no sé de clasificaciones ni de listas, ni sé si serán más bonitos que los de mi pasión turca, mi añorada desconocida de Sofía, cuyo recurrente recuerdo vuelve esas tardes de verano en las que el mar y yo hablamos de promesas incumplidas y sueños pasados, no sé si serán más bonitos, pero sé que la magia que sentí al verlos fue una sensación tan nueva y revitalizadora que ha convencido a la asustadiza inspiración para acompañarme unos pasos más en mi viaje al fondo de la nada. Y no sé si fue obra de la providencia, el destino, la madre fortuna o la ciencia, pero doy gracias a todas a ellas y a la suerte por cruzarse en mi camino, aunque sea en forma de inesperada musa de primavera, y cuando ya estoy borracho de esa emoción, he gastado mi mirada en su mirada y el embrujo de tus ojos, que eres una bruja embaucadora, encantadora de enamoradizos y raptora de corazones, y consigo apartar la vista porque creo estar saciado, cada segundo que paso sin ella es segundo perdido, así que vuelvo a mirarla y, ai las! entonces eran sus ojos los que se posaban en los míos, y telegrama urgente del cerebro a su vecino el corazón preguntando que si ya está muerto, que si apagamos las luces y podemos dejarlo en paz.

Pero es una conexión que dura un segundo, aunque todo el mundo sabe que hay segundos que duran mucho más que otros, y éste duró una pequeña eternidad, eternidad que gasté principiteando y echando árboles enteros a una llama condenada a morir un segundo después pero, que si tenía que vivir, al menos que ése segundo de vida fuera una explosión de fuerza, rabia y energía nunca vista e iluminara por un momento la oscuridad de todos los mortales, el tiempo justo para que se pregunten qué fue ese fogonazo, pero la llama ya estaría feliz y se podría apagar con sentido, habiendo vivido por algo que ya es mucho más de lo que la mayoría pueden decir, llama que sí, mucho más corta que el resto de falsarias pasiones veladas que he tenido en mi peregrina vida, pero puedo prometer que infinitamente más intensa, por mi honor de caballero, o de hombre honrado o si lo prefieren de estúpido enamorado.

Pero como todo se acaba en esta vida y lo bueno antes, mi desconocida dama de tantos futuros desvelos se bajó, apenas un par de paradas antes de la mía, y se llevó sus maravillosas luces inéditas con las que iluminar los corazones de los hombres tristes para siempre, porque soy ingenuo y estúpido y enamoradizo pero me queda el suficiente entendimiento como para saber que nunca la volveré a ver, y creo que será mejor así o le acabaría diciendo todo lo que he escrito que por supuesto no es verdad, o fue verdad en su momento, y yo alegaría demencia primaveral transitoria y lo negaría todo y a todo el que me llamara loco se lo repetiría, pero debo confesar que en esas noches en que viene la soledad a hacerme compañía, yo charlaría con ella y le contaría esta historia, la historia de un amor de autobús, que no existió o existió y murió, y le enseñaría a la soledad el guadañazo de la primavera, y ella aunque se mostrase entusiasmada estaría verde de envidia y roja de ira y negra de corazón, porque firmó un contrato según el cual la primavera nunca se me acercaría y mucho menos para darme un guadañazo, pero yo estaría orgulloso de mi herida de corazón y cuando la soledad se pusiera pesada miraría a escondidas este modesto escrito, arrugado papel en el dobladillo del pantalón, y sonreiría por dentro y maldeciría mi memoria porque dice que ya no guarda el recuerdo de aquella diva primaveral, pero yo lo leería y, parapetado en el último asiento del autobús, me escurriría suavemente de la compañía de la soledad porque un rayo de juventud iluminaría mi inspiración, y eso es algo que ella ya nunca me podrá robar.

Escrito el 19 de mayo del 2010.

El Rapsoda de la ignorancia

jueves, 27 de mayo de 2010

Humilde presente

Hace tiempo, me crucé con un viejo compañero al que hacía años que no veía. He de admitir que me hizo bastante ilusión verlo, aunque por supuesto desconfié del lenguaje hueco que todo lo llena con el que nos despedimos, “ya nos veremos”. Ya nos veremos, premisa que hoy en día significa que, si se tercia, volveremos a coincidir de aquí unos pocos años o unos muchos meses y volveremos a saludarnos y a alegrarnos de nuevo por vernos y al final despedirnos de nuevo diciendo “ya nos veremos”.
Vale, genios, esa persona, como habréis adivinado, es mi amigo C. Pareja. Convencido como me fui aquel día de que por supuesto ni íbamos a quedar y de que íbamos a tardar mucho tiempo en volver a coincidir, poca esperanza hubiera dado yo al que me hubiese dicho que, en cuestión de un año, sería no solo uno de mis mejores amigos sino un pilar básico en mi día a día.
Podría decir muchísimas cosas buenas de él, pero son cosas que 1-quien lo conoce, ya las sabe 2- quien no lo conoce, tiene derecho al placer de descubrirlas por sí mismo. Así que me quedaré con un par de detalles: tiene la virtud de valor incalculable de estar siempre ahí, y tiene la capacidad de conseguir todo aquello que se proponga (virtudes que, vale la pena decirlo, comparte con mi otro gran amigo). Lo que sea. Talento, arte y ganas no le faltan. Además de ser una de esas personas capaces de esbozar una sonrisa en cualquier rostro con el pincel de su frescura, es sin duda una de las más polifacéticas que conozco. Y no polifacéticas en el sentido de “aprendiz de mucho, maestro de nada” (eso lo puede hacer, y de hecho presume de hacerlo, mucha gente), no, sino que es capaz de hacerlo con éxito en campos muy distintos. Y por supuesto ya no me refiero solamente a las expresiones artísticas, que también. Me refiero en lo personal, en lo social.
Este año ha sido uno de los más difíciles (por no decir el más difícil, ya que aún no ha acabado) con el que he tenido el placer o la desgracia de enfrentarme. Se han juntado muchas cosas y, las personas de débil voluntad como yo, preferimos bucear en ese océano de dudas, frustraciones, fracasos, sinrazones, sinsabores y sinvivires en vez de gastar ese aire que tenemos en los pulmones para intentar salir a la superficie y buscar ayuda. Nos gusta revolcarnos en nuestra miseria, lógica humanoide. En este año tan difícil, donde uno ha ido perdiendo cada cosita que le importaba, por pequeña o nimia que pareciese, hasta quedarse en nada, no puedo por más que agradecer a mis amigos Pareja e Isaac que hayan estado a mi lado y lo hayan hecho mucho más llevadero; no sólo compartiendo las cargas (como si fuera poco), sino ayudándome a vislumbrar en más de una ocasión esa ruta de ascenso que tan duramente buscamos, desorientados en el barro que nosotros mismos levantamos en el fondo marino.
Pero lo que nunca podré acabar de agradecer, es que me hayan enseñado el significado de amistad. Claro que he tenido colegas, y gente que he considerado amigos, y puede que lo fuesen. Pero ninguno como ellos*. Ninguno como ellos puesto que tanto ellos como yo hemos establecido las bases de nuestra relación en torno a la sinceridad. Extraño fenómeno. Poder decir y hacer lo que a uno le plazca, sin importarle cómo será tomado, no tener la necesidad de expresar una idea, porque ya te la han leído, comprender en silencio o no tener que “esforzarse” para integrarse, pues ya estás integrado. Las parejas van y vienen, los colegas están y no están, incluso la familia (esa gente que tenemos que estimar más por parentesco), pero una relación así es prácticamente indestructible, una amistad como la nuestra, basada en el compartir y en la honestidad, en la ayuda y el soporte mutuo, desinteresada en la conveniencia, incluso por muchos años que pasen sobre nosotros, es una amistad que perdurará. Y eso, amigos, es algo que no tiene precio.


Por todo ello, y pese a que ya sabéis que no soy ni demasiado partidario ni mucho menos entusiasta de este tipo de eventos, ésta vez sí que merece la pena celebrar la fecha en la que uno de estos dos amigos llegó al mundo listo para hacernos reír con sus irreverentes ocurrencias, así que... felicidades chaval!
P.D.: todo esto no hubiera tenido cabida si mi móvil hubiera funcionado, pues te habría llamado y te hubiese dicho “felicidades, qué tal el día, qué te han regalado, listo, adiós”, pero como ni tengo tu móvil, ni tu fijo, ni sé cuándo ni si vas a estar en casa, pues he aquí mi humilde presente... por cierto, qué tal el día? qué te han regalado?!?


*Sí que ha habido otras pocas amistades basadas en la sinceridad, pero con Moha se ha hecho extraño, con Teresa hizo su estúpida aparición el deseo, y con Anatma y Noe es diferente. Son otro tipo de relaciones, me sentía obligado a aclararlo porque en ningún caso me gustaría ningunearlas, y puesto que es tan difícil encontrar gente así, se merecen esta parcelita en “el confesionario”. (y a parte no son sus cumples, coño!)

martes, 30 de marzo de 2010

Conversaciones Telepizza (2)

-Una aventura de Darío Cencerrona, el contable valiente en “repartiendo sabiduría”:

-Tienes que llevar esta pizza a la otra punta de la ciudad, Darío; y rapidito o te pondré a hacer horas extra limpiando el vestuario de tíos.
-Dieciséis millones cuatro-cientos ochenta y siete mil novecientos cincuenta y dos.
(Darío lleva la pizza y llega al portal. Interfono)
-Sí?
-Telepizza!
-Lo siento, no hemos pedido ninguna pizza.
-Ah, no? Vaya, lo siento. Debo haberme equivocado con la puerta…
-Seguro que es el 2º2º, amigo; siempre están pidiendo pizzas.
-Ahora picaré, gracias!
Píiiiiip!!
-Diga?
-Telepizza!
-Qué telepollas ni qué…?! Me voy a cagar en la puta madre de los pizzeros, los repartidores, los cuponeros, los de correos y en toda vuestra madre que os parió!! Me tenéis hasta el coño: venga a picar y a picar. Son las putas doce de la noche! Como volváis a picar una sola vez más os juro que bajaré y os cortaré los huevos a cada uno que me vuelva a despertar y luego…
Píiiip!!
-Jajajajaja Oiga, amigo, lo siento pero es que no he podido resistirme… nuestra vecina está loca, lo has visto verdad? Loca!
(Sube)
-Dieciséis millones cuatro-cientos ochenta y siete mil novecientos cincuenta y tres.
-Vaya! Pero mira qué gracioso nuestro repartidor! Es como el del anuncio. Qué cuentas majete, calorías? Jajaja
-No, gilipollas.

-Una aventura de Rolando Villamarín, el repartidor ciclista en “problemas técnicos”:

-Buenas noches, señora. Siento haber tardado tanto pero es que he tenido un problema con la moto.
-Pero si has venido en bici.
-Ése es el puto problema.

-Repartidor nº8:

-Hola, buenas. Aquí traigo… (se la queda mirando) las pizzas.
Cruce de miradas entre sí. Al repartidor nº8 se le nota que le gusta ella, ella lo sabe, pero es de las que disfrutan de la incomodidad del otro y no dan ningún pie. Si van a quedar algún día, más vale que salga del huevo antes.
-Gra-cias. (le dice coqueteando, con una caída de ojos. El repartidor nº8 se incomoda más aún). No me dices cuánto es?
-Eh? S-sí, si! Son 18’15, por favor.
-Muy bien, voy a por mi monedero. En seguida vuelvo.
-Vale… vale.
El repartidor nº8 se queda pensando qué podría hacer o decir para intentar ligar con ella pero de manera que no sea demasiado descarado, así que empieza a ponerse nervioso y a dar vueltas delante de su puerta, justo al lado de la escalera. Sin darse cuenta tira el felpudo por la escalera. Más nervios.
-Aquí tienes, guapetón. Ya te puedes quedar la vuelta. (el repartidor nº8 aún no había pensado en nada)
-Te gustaría, esto bueno, ya sabes, nose, vaya, pensaba, que, y a lo mejor…
La chica se le acerca y lo coge de la chaqueta.
-Mala posición corporal, mira a la chica a los ojos, sé decidido y actúa como si que ella te dé un “no” sea poco menos que ficción. Y sobre todo no le tires la moqueta por la escalera. Tienes suerte de que tenga novio. Ánimo y suerte!
La chica cierra.
-…gracias.

-Una aventura de Ambrosio Anderson, el estudiante de medicina en “la salud en casa”:

-Muy buenas! Aquí le traigo sus nuggets de pollo, su combo de entrantes, su pizza margarita, su inhalador ventolín, su fluimocil para el resfriado de su prima y su ibuprofeno para la resaca de mañana.
-Ah! Muchas gracias!
-Desea una videofluoroscopia con luz azul estroboscópica mientras deglute?
-No, gracias. Otro día!
-Muy bien! Pues buen provecho.
-Gracias, hasta otra!

-Una aventura de Andrés Stravinsky, el búfalo incomprendido en “hasta los huevos”:

-Hola, muy buenas noches caballero! Uhh… qué bonita entrada tiene usted! Oh, vaya, discúlpeme, que me desvío del tema! Je-je. Aquí traigo… sus maravillosas pizzas! Recién hechas y aún calentitas… mmm, no nota cómo huelen?!
-P-pe… Pero si eres un búfalo!!
-Oh, sí?!? Tú crees? "Pero si eres un búfalo, pero si eres un búfalo" (imitándolo) Vaya, Einstein, pero qué gran observador! Pues ahora le voy a llevar las pizzas a tu puta madre!! (se va con las pizzas dando un portazo) Cabrón!

El Rapsoda de la ignorancia

Conversaciones Telepizza (1)

-Una aventura de Timo Robespiérez, el repartidor sagaz en “pequeña lección filosófica”:

- Hola, buenas noches! Me llamo Timo y le traigo su pizza.
- Muy bien, muchas gracias! Cuánto es?
- Serán 22’15, por favor.
- Te pago con un billete de 50 porque no tengo cambio, vale?
- Ningún problema. Gracias y que aproveche!
- Eh! Que te olvidas de darme el cambio!
- Resulta obvio que no fue a clase el día en que se explicó la teoría de Platón que relaciona los nombres directamente con su significado, señora.


-Una aventura de Rodolfo Matalascañas, el repartidor implacable en “mi propina, gracias”:

-Buenas noches, deme 20 euros.
-Pero las pizzas no costaban…?
-Que me dé 20 euros.
-De acuerdo, de acuerdo. Aquí tienes, 20 euros.
-Aquí tiene sus pizzas, caballero.
-Gracias, chico.
-Serán 27’65.
-P-pero…
-27’65, joder!!


-Repartidor nº20:

-Buenas. Aquí traigo sus pizzas: dos de queso y una barbacoa, de acuerdo? Serán 31’70, por favor.
-Ahí tienes. Y quédate el cambio.
-Muchas gracias. Sabe que hoy ha muerto un tren?
-Oh, sí, vaya… qué gran desgracia, lo he visto por las noticias. Cómo estás?
-Fatal, fatal… se puede usted imaginar…
-Vaya, cómo lo lamento… pero ya lo van a llevar al cementerio de trenes?
-Peor! Al desguace…!
-Uhh… qué desgracia, pobre chico… Ya sé que suena a cliché horrible, pero debes saber que es parte de la vida, y todos tarde o temprano tenemos que pasar por ello, eh?
-Lo sé, lo sé. Pero no deja de ser duro.
-Ánimos.
-Sí… bueno, hasta luego.
-Hasta luego, buenas noches.


-Una aventura de Gonzalo Baskerville, el repartidor nihilista en “pedido absurdo”:

-Buenas noches, señora. Aquí traigo su pedido.
-Pero… si no he pedido nada.
-Por eso. (le muestra la bolsa vacía)
-…
-…
-No piensa darme propina?


-Una aventura de Carlitos Soplagáitez, el telefonista guasón en “homenajeando un grande”:

-Buenas! Que tienen pizzas?
-Y muy buenas!
-Buenas! Que tienen pizzas?
-Y muy buenas!
-Buenas! Que tienen…?


El Rapsoda de la ignorancia

viernes, 12 de marzo de 2010

Judit y el banquete de las tempestades

El Chico de Estanyo llegó a un lugar que le resultaba vagamente familiar, aunque no lo supo identificar. Delante, Don Pimpon y él encontraron una puerta flotante. El pomo parecía seguir cierta filosofía oriental: estaba, pero no perturbaba, no perturbaba, pero no se movía. El pomo preguntó con voz de mimo al Chico de Estanyo:
- Quiénes somos?
- Somos lo que nos da sentido.
- Por qué estamos?
- Estamos porque llegamos.
- Adónde vamos?
- Vamos a donde nos dirigimos.
La extraña puerta austeramente decorada se abrió, aunque ahora el pomo mostró su verdadero rostro (una tez cuadrada pero afable, rigurosa, comprensiva y con el aspecto del que lleva mucho tiempo en el mismo lugar) y preguntó una vez más a la estrambótica pareja visitante, aunque ahora desde la curiosidad personal:
- Y a dónde te diriges tú, chico de chapa?
- Quiero cruzar el gran puente invisible. Estoy buscando mis manos.
El Chico de Estanyo y su acompañante Don Pimpon cruzaron el templado umbral en el que nada los detenía y se adentraron en un patio de columnas bajas flotantes con hiedra en sus capiteles, ignorando las últimas palabras del pomo:
- Pues aquí no vas a encontrar lo que buscas, chico; aquí no vas a encontrar nada de nada, de hecho. Lo mejor sería que…
Pero ya no lo escuchaban. En medio del espacio al que acababan de llegar no había nada; o al menos nada que pudieran apreciar. Tan sólo unas minúsculas luces flotantes del tamaño de canicas que se movían perezosamente por un espacio que se les antojaba limitado por algún campo de fuerza, o cosa por el estilo. Ellos no entendían de esas cosas.
Sin embargo, alrededor del espacio donde gravitaban las pequeñas luciérnagas verdes, encontraron una serie de personajes acomodados de pie en otras tantas minúsculas nubes que parecían sostenerlos en aquel lugar donde todo flotaba. Eran unas nubes poco habituales, de un pálido color rosa y con hebras azuladas que se enroscaban por la superficie con frenesí; bastaba que los ocupantes de las nubes se movieran un poco más de lo debido para que una parte significativa de éstas se desvaneciese para no volver, o volver muy lentamente.
A pesar de la aparente tranquilidad que pudiera reflejar tal lugar, el grupo de invitados daba rienda suelta a una verborrea aparentemente absurda de frases cruzadas que de vez en cuando se intercalaba en un pequeño nexo que hacía pensar que estaban manteniendo realmente un diálogo. Pero era una ilusión: la verdad es que todo el mundo soltaba la suya sin apenas echar cuentas de la perorata del resto.
Situado en una gran nube cuyas hebras azules alcanzaban la altura prácticamente del lomo, un can prosopopéyico ladraba a los visitantes:
- No soy Platón! No soy Platón!
Delante de él, al otro extremo, un hombre barbudo con sombrero ajado les regalaba la mejor de sus sonrisas mientras fumaba apaciblemente una pipa cuyo humo, sin que se diese cuenta, provenía de su propia nube y por tanto menguaba paulatinamente el tamaño de ésta.
También encontraron un manco trilero, un cíclope bizco y una mujer con medias negras y peineta que tan sólo se dedicaba a contar meticulosamente los carraspeos de los dialogantes que la acompañaban en una libretita, escribiendo una cruz al lado de cada nombre en su cuaderno con unos movimientos ágiles y graciosos del bolígrafo.
Don Pimpon quiso parar a charlar un poco con alguno de aquellos sugestivos personajes, pero prefirió mantenerse fiel a su amigo y acompañarlo hasta el fondo de tan estrafalaria escena. Allí encontraron una inmensa balanza profusamente ornamentada con tres platillos dorados unidos por cadenas de cristal. La balanza se situaba en la cabecera de la mesa del lugar, si hubiese habido mesa, aunque sí era desde luego lo que más reclamaba la atención por su tamaño, estilo y dominancia que ejercía sobre el resto. A pesar de ello, los comensales no parecían prestarle atención en absoluto, y aún menos a la aburrida mujer que agotaba la superficie de uno de los platillos, el que estaba más arriba de los tres. El platillo dorado opuesto estaba inclinado casi totalmente hacia abajo, aunque nada contenía que hiciese sospechar su peso y su marcada inclinación. El tercer platillo era como si flotara entre los otros dos, no se inclinaba por ninguno de sus hermanos pero tampoco estaba estático; era como si se hubiese desvinculado.
La mujer estirada plácidamente en el primer y más alto platillo parecía ajena al inusual banquete y hacía caso omiso a ninguno de sus invitados. Una pierna le colgaba despreocupadamente por el borde del mismo platillo. Vestía de una manera muy extraña, más que cualquiera de los comensales, y parecía la carta del tres de picas. A juzgar por el platillo opuesto de la balanza, el Chico de Estanyo pensó que la mujer no debía pesar más de un gramo.
Se acercó a preguntar seguido de Don Pimpon, aunque fue ella la que habló primero:
- Me llamo Judit. Soy organizadora del banquete.
- Lo sé. Te he estado buscando.
- Quién eres? Hacía mucho tiempo que no te veía por aquí.
- Yo he estado aquí? No lo recuerdo…
- Yo tampoco. Los dos éramos diferentes. Además, por aquí pasa tanta gente…
- Me lo imagino. Pero…
- Por qué?- le cortó Judit
- Bueno, no lo sé; pero…
- Oye, tu amigo no habla?- le volvió a interrumpir.
- No-. respondió Don Pimpon
- Ya veo… - señaló Judit desganademente. Echó un momento la mirada al cielo como si aguantar a aquella gente fuera lo más aburrido, o lo más irritante que pudiera haber en el mundo. – Quién eres, hombre?- preguntó a Don Pimpon
- No-. respondió éste
- Oye, sólo sabes decir no?
- No.
Ahora fue el Chico de Estanyo quien interrumpió la espontánea conversación de la pareja:
- Mira, sólo sabe decir no. Perdona, necesito preguntarte algo.
- De dónde has sacado eso? Es algún tipo de “arreglo” o algo?- preguntó sin mirar al chico. Se refería a sus pinzas.
- Precisamente sobre eso quería preguntarte. Estoy buscando mis manos.
- Qué?- Judit no lo escuchaba. Los comensales habían subido el tono de voz una vez perdido el interés en los recién llegados y el barullo era considerable.
- Que estoy buscando mis manos!
El perro ladró más fuerte (“No soy Platón!”) mirándolos directamente e incluso el templado hombre de sombrero ajado que fumaba en pipa se puso a platicar animadamente con un hombre a su lado cuyo finísimo bigote era tan largo que se enroscaba varias veces alrededor de su cuerpo, sirviéndole de ropa.
- Que estás buscando qué? No te escucho, grita más!- pidió Judit desde la altura de su platillo de lo más irritada.
- Mis manos! MA-NOS!
- Ah! Tus manos. Aquí no las encontrarás. Márchate pronto o se pondrán tan nerviosos que acabarán todos sin nube.
Pero el Chico de Estanyo no había viajado miles de kilómetros y agotadoras jornadas para nada. Ni se movió del sitio ni se dio por vencido. Pese a su preocupación, siempre sabía cuando iba a conseguir algo, y su instinto no le había fallado nunca.
- No espero encontrarlas aquí!- dijo gritando por encima de la algarabía para hacerse entender.- Un hombre me dijo que te preguntara!! Que me indicarías el camino al gran puente invisible!
- Quién?!
- Un hombre!
- Quién!?!
- Un hombre-e-e! No importa cómo se llamara! En el Ciberlaberinto.
Como si alguien hubiera quitado la voz a través de un mando automático, la sala quedó muda nada más acabar el Chico de Estanyo su frase. Ni siquiera la había dicho gritando, pero bastaron esas pocas palabras para finalizar la bullanga y captar la atención de todos los comensales (incluida la mujer que anotaba los carraspeos, que levantó la vista de su libreta) y Judit, que por vez primera dirigía la mirada a las complicadas gafas que lucía el chico.
- Vienes del Ciberlaberinto?
- Eso es.
- Por el amor del cielo, chico, qué se te perdió allí?- los invitados seguían con interés supino ahora el diálogo, y sus nubes dejaron de perder consistencia por un momento.
- Eso ahora no viene al caso. He perdido mis manos – elevó las pinzas herrumbrosas que lucía como extremidades para que Judit las viera – y quiero recuperarlas. Hablé con un hombre en el Ciberlaberinto y me dijo que tú podías ayudarme. Estoy buscando el gran puente invisible para cruzarlo.
Viendo la tensión que había creado involuntariamente y que la escena había adquirido un cierto cariz civilizado, dijo:
- Me podrías ayudar? Por favor.
Pero ahora Judit se interesó más por el chico que por su historia, y no pudo evitar una ráfaga de preguntas:
- Por qué llevas pinzas?
- No las llevo. Son mías pero quiero recuperar mis manos. Con esto…
- Y esas gafas?
- Sólo puedo ver a través de ellas.
- Por qué emiten luces azules que se mueven?
- El color refleja mi estado de ánimo.
- Los cristales son oscuros.
- Sí. Eso es porque…
- De qué material están hechos?
- La verdad que…
- Por qué tienes una tapa de basura en la espalda?
- No es una tapa. O sí, no lo sé. Hace tiempo que me creció y no me la puedo quitar…
- Por eso andas inclinado?
- Sí…
- Me gusta tu pelo rubio.
- Gracias.
- Cómo consigues el peinado?
- Basta!! Basta. No sé, vale? No sé. Por favor, Judit, no tengo mucho tiempo que perder. Como has podido ver la tapa hace que cada vez ande más inclinado y me cueste más caminar; las pinzas crecen y su color metálico oxidado aumenta día a día; el pelo brilla menos y las gafas casi nunca emiten colores vivos. Quieres saber más de mí? Está bien: ayúdame y te prometo que cuando recupere mis manos te visitaré y charlaré contigo tanto como gustes. Te parece bien?- Judit lo miraba con una mezcla en la mirada como de agravio y simpatía, caso de que tal mirada pueda ser compuesta. El chico volvió a preguntar dado el mutis de su interlocutora – Sí? Te parece bien? Eh?
Los comensales aguardaban con impaciencia sin hacer ni un gesto en sus nubes. Habían seguido la conversación con fervor.
- Para llegar al gran puente invisible, primero debes pasar por el Reino de Nada. Allí hallarás el camino.
- Gracias, Judit. Gracias.- Ya había conseguido la información que quería pero esta vez fue él quien se quedó con la duda- Por cierto… quién son toda esta gente tan extraña?
- Son mis comensales.
- Ah! Sí?- el Chico de Estanyo se había quedado un momento pensativo. Algo no le cuadraba.- Y qué comen?
- Ego.
Visto que el Chico de Estanyo y Don Pimpon daban por terminada la conversación y se daban la vuelta, los invitados retomaron de nuevo sus filípicas absurdas, aunque el tiempo en la sala empezaba a cambiar y una fina lluvia comenzaba a deshacer las nubes de los invitados y a empaparlos a todos menos al chico y su acompañante, que ya se dirigían a la salida mientras Judit volvía a mirar al cielo, ahora pensativa, su silueta recortada contra los nubarrones que se avecinaban.
El Chico de Estanyo pasó al lado de varios comensales mientras volvía por el camino que había tomado al venir, con Don Pimpon a muy pocos pasos detrás suyo. Éste le dirigió una mirada y, aunque Don Pimpon no hablaba, el chico sabía interpretarla:
- Qué caprichosa esta Judit!- le comentó en un susurro amistoso- No es muy simpática, eh?
- No… - dijo Don Pimpon.
Cuando ya se alejaban pasaron al lado del perro que no había dejado de ladrarles desde que entraron, y como para dar fe de ello, los siguió con una mirada amenazante y aumentó el volumen de sus ladridos cuando el Chico de Estanyo pasó a su lado sin mirarle:
- No soy Platón! Nooo soy Platón, no!!
Pero Don Pimpon, de alma candorosa, siempre paraba a calmar los extraviados, y se le acercó sin miedo al minúsculo reducto que le restaba al can debido a su excesivo movimiento y le acarició sin miedo la cabeza peluda. El perro al principio desconfió, pero enseguida se dejó hacer. Don Pimpon tenía ese don. Lo tranquilizó y enseguida no sólo dejó de ladrar, sino que se arrimó a él para que le siguiera acariciando.
- Vamos, Don Pimpon!- le llamaba el Chico de Estanyo ya casi desde la puerta.
Don Pimpon dejó a su nuevo amigo, que apenas podía menearse en su nube, y se dirigió corriendo con su compañero de viaje. El perro lloraba ahora lastimeramente:
- La teoría del mundo de las ideas era correcta! Era correcta… Pero yo no soy Platón…
Las nubes negras que habían aparecido por el flanco de Judit cubrían ahora toda la sala y descargaban su furia en forma de lluvia insistente sobre los comensales, que miraban en derredor curiosos, inconscientes de que el agua destruía las porciones que les restaban de nube y los precipitaba al vacío. Las columnas perdían color, se torcían y se agrietaban. Las pequeñas luces verdes que antes gravitaban vivamente en el espacio central se habían apagado. Judit yacía apoyada en su plato de la balanza dorada, al fondo, empapada y pensativa. Su platillo había bajado algunos palmos y el contrario había subido levemente. El banquete había acabado.
(I)

El Rapsoda de la ignorancia

miércoles, 10 de marzo de 2010

Enjoy the Ride

Entrada dedicada a I.O.

El Rapsoda de la ignorancia

jueves, 25 de febrero de 2010

Victor Johnson

Cogí un vuelo charter a Londres y aterricé en Heathrow; fui al centro: los albergues son para los feos, me alojé en el Home House, un precioso hotel. Llamé a un amigo del instituto que vendía hachís, pero no estaba en casa. Conocí a dos ingleses que me llevaron a Camdem Street, entré en el Virgin Megastore, compré dos cd’s, seguí a las chicas que tenían el pelo rosa, di una vuelta a ver si ligaba pero se puso a llover. El Ministry of Sound ha pasado a la historia, así que fui al Reford, pero era la noche gay. Conocí a la única chica hetero del club y nos magreamos en la pista, cogimos un taxi, fuimos al hotel y follamos. Conocí al mejor dj del mundo, Paul Oakenfold. Le escribí una postal a mi madre que no envié. Le compré speed al yonki italiano que intentaba venderme una bici robada. Fumé muchos porros que llevaban demasiado tabaco. Vi la Tate Galery y el Big Ben, comí mucha comida inglesa rara, llovía, todo era caro, me harté y me largué a Amsterdam. Todos los holandeses entienden el inglés, lo que es un alivio. Recorrí el barrio rojo, asistí a un espectáculo porno, visité el museo del sexo, fumé mucho hachís. Conocí a una actriz holandesa y bebimos absenta en un bar llamado Absenta. Los museos eran bonitos, habían muchos Van Gogh y Vermeer que molaban, paseé por la ciudad, comí unos gofres riquísimos, volví al barrio rojo. Encontré una rubia tetuda que me recordaba a Lara; le pagué cien florines, me corrí entre sus tetas, aunque con preservativo. Después charlamos de sida, de su chulo marroquí y de ella misma. Un borracho cantando en la calle me despertó, eran las ocho de la mañana y hacía un calor que abrasaba, me divertí en la Estación Central, alguien tocaba el saxo. Canté con una neozelandesa y luego me fui en tren a París. Paseé por los Campos Elíseos y me subí a la Torre Eiffel por sólo siete francos. Iba en metro a todas partes. Fui a una fiesta de for-model y estuve con una modelo rumana que se llamaba Korina, me la chupó en el hotel Mathurin de los campos elíseos y estuvo bien. Jugamos al billar, fuimos de compras, conduje un Ferrari que era de la familia real saudí. Me lo monté con una modelo holandesa delante del Louvre, vi el Arco de Triunfo y casi me atropellan. Oakey me invitó a Dublín, así que fui y me alojé en el Morrison. Dublín es una pasada, Oakenfold me pidió que pinchara unos discos con él. Las chicas irlandesas son menuditas, me enrollé con una borracha; después de sobarme se desnudó para mí en el lavabo de una disco. Me colé en la fábrica Guiness, mangué una cerveza tan buena que al beberla me empalmé. Tomé un vuelo a Barcelona, demasiado mogollón de gente. Me tomé un ácido en la Sagrada Familia y fue un viaje alucinante en todos los sentidos. Subí por la costa hasta el museo Gala-Dalí, pero ya no me quedaban ácidos y fue un rollo. Una novia me llamó al móvil y dejé que oyera las campanadas en Cadaqués. Cap de Creus es precioso, pero allí no hay tías, sólo hippies puretas, de modo que me fui a Suiza, y nadie tenía hora. Cogí el Glaciar Express y fue tan magnífico que no sé cómo describirlo. Recorrí Italia y acabé a Venecia, donde conocí a una chica muy guapa que hablaba inglés mejor que yo; pasaba un año con cinco dólares al día. Paseamos por los canales, me dijo que era un capitalista porque una noche en mi hotel costaba más de lo que ella se había gastado en el viaje, pero no le importaba que siempre pagara yo. Me deshice de ella y me fui con una pareja que querían hacer un menage-a-trois, demasiada tensión, pero me ofrecieron llevarme en coche a Roma y me apunté. El tráfico era horrible, pasábamos horas sin movernos. La mujer era muy rara, el tío empezó a perder la calma conmigo, era como una peli de Polanski. Paramos en Florencia donde había una cúpula enorme, de repente estalló una bomba y planté a la pareja: fue lo mejor. Por fin llegué a Roma: era grande, calurosa y sucia. Era como Los Ángeles pero con ruinas. Fui al Vaticano, es suculento hasta el ridículo. Tardé dos horas en entrar a la Capilla Sixtina, que ahora que la han limpiado parece falsa. Conocí a a dos menores de edad a las que intenté convencer de que se lo montaran ellas y yo me corriera encima, sólo conseguí invitarlas a un helado. Mi hotel tenía gimnasio. Un tío de Camdem me dijo que me conocía, pero seguro que era maricón y pasé de él. Quise tirarme un pedo y me cagué en los pantalones. En el hotel me masturbé. Aquella noche soñé con una chica preciosa con el cuerpo delgado. Me preguntó si le gustaba, y le contesté que podía limpiar pescado con él. No sé qué significa, pero me desperté, me masturbé en la ducha y dejé el hotel. Volví a Londres, paseé por Piccadilly Circus, intercambié la camisa con una tía de Cambridge, ella llevaba una blusa de marca y yo un Costume National, parecía mojigata pero en el fondo le iba la marcha. Apenas me miró pero yo le apetecía. Me tomé un ácido y anduve todo el día perdido en el metro. Conocí a una chica muy guapa que me dejó que me corriera encima mientras no le manchara el abrigo. Nos colocamos escuchando Michael Jackson. Al día siguiente me desperté hablando solo, tenía un enorme chichón en la cabeza, recogí mis cosas y casi pierdo el avión de vuelta. Ya no sabía quién era. Me sentía como el fantasma de alguien totalmente desconocido.
Victor Johnson. "The rules of attraction"

El Rapsoda de la ignorancia

viernes, 19 de febrero de 2010

Traductor básico del léxico femenino

No se llamen a engaño, señores. Todos hemos reflexionado sobre ello alguna vez. El gran misterio de la humanidad. Ah! El gran misterio de la humanidad…
No sean simples, el gran misterio de la humanidad no es de dónde venimos, ni quiénes somos, ni siquiera adónde vamos, no, el gran enigma no es otro que en qué piensan las mujeres.
Para ayudar a todos los millones de hombres de la Tierra perdidos en este campo, nos complace presentarles una pequeña guía que nos desvelará algunos entresijos de esa máxima sofisticación creada por Dios que es la mente femenina. Ah… quién pudiera descubrir todos sus secretos!

Traductor de adjetivos y cualidades al conocer a una mujer
Cuando dicen Quieren decir
30 y tantos = 39
Aventurera = se acuesta con cualquiera
Atlética = sin tetas
Apariencia normal = fea
Guapa = mentirosa
Sonrisa contagiosa = toma drogas
Emocionalmente estable = medicada
Espíritu libre = putón
Divertida = pesada
Hippie = vello en el sitio equivocado
Mente abierta = desesperada
Extrovertida = gritona y embarazosa
Introvertida = depresiva
Apasionada = borracha sensiblera
Busco sólo amistad = salida
Feminista = gorda
Con curvas = muy gorda
De osamenta sólida = muy muy gorda

Traductor de frases simples
Sí = No
No = Sí
A lo mejor = No
Quizás = No
Puede = No
... = Que no, joder!
Ya te llamaré = Volatilízate inmediatamente
Necesitamos = Quiero
Lo siento = Lo vas a sentir, y mucho
Tenemos que hablar = Tienes un gran problema
Sigue = Mejor no sigas
Haz lo que quieras = Como lo hagas, mueres
No estoy enfadada = Pagarás por esto
Estás muy atento esta noche = Es sexo todo lo que buscas?

Traductor lenguaje masculinoTengo hambre = Tengo hambre
Tengo sueño = Tengo sueño
Estoy cansado = Estoy cansado
Podríamos cenar juntos = Déjame ir a ver el fútbol con los colegas
Me encantaría ir a
cenar con tus padres = Lo nuestro no funciona
Bonito vestido = Bonito escote
Bailas? = Me gustaría follar contigo
Te puedo llamar? = Me gustaría follar contigo
Quieres ir al cine? = Me gustaría follar contigo
Te puedo invitar a cenar? = Me gustaría follar contigo
Me aburro = Quieres que follemos?
Te quiero = Follemos
Te echo de menos = Echo de menos follar
Esos zapatos no te combinan
con el vestido = Soy gay
El Rapsoda de la ignorancia

domingo, 24 de enero de 2010

Somos Gracia

La conquista definitiva de la independencia. La independencia es como un caballo salvaje, por un lado primero debes hacer que se habitúe a tu presencia, y luego cuidar de él y satisfacer las necesidades de ambos, sois uno, jinete y caballo, y por tanto estáis solos; por otra parte, montarte en el lomo de ese caballo salvaje y galopar, galopar sin rumbo ni dirección, sin importarte si es de día de noche o hace frío, sólo galopar, admirando vuestras sombras en la montaña y disfrutando del viento en la cara, el manto de las estrellas la única luz. Esa sensación es impagable. Por eso vale la pena intentar domesticar ese caballo salvaje que es la independencia, con sus dos caras. Eso es lo que echo de menos.
Echo de menos llegar de la universidad a las tantas de la tarde, el estómago rugiendo de hambre, y descalzarme dejándolo todo por en medio sin preocuparme, poner una pizza al horno y estirarme cuan largo soy en el sofá sin que nadie me diga nada a fumarme un porro con todas sus caladas, con todo su humo, potenciando ese hambre porque sé que la comida se cocina por mí.
Echo de menos levantarme a las tantas y ducharme el rato que me dé la gana, primero con agua hirviendo, luego fría como el hielo, aún a sabiendas que llego tres horas tarde a la uni, y salir a la calle sorteando a coches y transeúntes como si de una carrera de obstáculos se tratara, buenos días Barcelona! Llegar al metro o al tren y rezar, no para tener sitio, sino para lograr entrar, a presión, los cuerpos sometidos a posturas inverosímiles durante horas al día. Sí, eso también lo echo de menos: el ruidoso metro a reventar, con la gente tan diferente en él, ahora te fijas en la señora gorda, ahora en el heavy colgado, ahora en el sudaca que pasa la gorra, y hasta en el rumano que te intenta robar la cartera. O los autobuses en otoño, el olor de ese microclima extraño cuando entras y está lleno (que desde fuera parece una sauna, todos los cristales empañados), abandonas la lluvia de la calle y te das de empujones con los jóvenes y las abuelas (que son quienes cogen los autobuses) para llegar hasta el fondo y disfrutar de un espacio vital mínimo digno. Pues lo echo de menos. Incluso esas abuelas que te repasan en las paradas como quien no quiere la cosa, aunque no sean precisamente maestras en el disimulo, que las ves pensando “pero este niño dónde va, con solo el jersey y la chaqueta, con el frío que hace?”.
También echo de menos a los punkis de la zona, con sus tatuajes rebeldes, sus piercings caseros y sus ropas andrajosas, que hacen fiestas privadas para punkis y ocupan casas que ya las quisiera yo. O sus reivindicaciones en forma de graffitis por el barrio, muy entretenidas de ver cuando uno va paseando.
Y esas calles, la arquitectura, tan pronto te encuentras una casa siglo XIX que se cae a cachos como un bloque de edificios de veinte plantas y ascensor ultra-sónico como unos pisos normalitos o las típicas casas modernistas de techos altos. Todo junto, todo mezclado, y toda esa harmonía (paradójica) estética que tanto echo de menos. Puestos a echar de menos, echo de menos incluso esas escaleras que, aunque mecánicas, se te hacen inacabables mientras subes y subes por la calle estrecha al lado de casa y de repente, como el que no quiere la cosa, ya estás paseando por el parque Güell que está puesto ahí como por accidente, entre todas las casas okupas y los turistas desorientados, pero te subes en una pequeña colina y puedes admirar toda la ciudad, jugar a adivinar las calles con mi hermano, eso no es gran vía?, sí puede ser, y esa otra es passeig sant joan, no, es la de al lado, ahí debe de estar mallorca, al lado de esa tan larga que es diagonal, y la sagrada familia se ve muy grande desde aquí, no?, sí, y a mí me gusta la torre agbar, de noche está muy chula, el pene de Barcelona?, ésa, exacto. Y así seguimos paseando por el parque y descubrimos unos campos enormes donde hay equipos enteros practicando vete a saber cuántos deportes diferentes, y espera, que quiero ver a éstos jugar al fútbol un rato; seguimos caminando? sí, total son bastante malos, y así llegamos a otra punta del parque Güell desembocando en un barrio cuya existencia desconocíamos por completo, esto… por dónde volvemos? desandamos el camino andado? mejor será… Y esa misma tarde de domingo que salíamos a pasear acabamos en el “parque oculto” de siempre, unas pocas manzanas bajo el Parc Güell, una islita entre edificios viejos, con sus verjas y su horario y su parque infantil y su todo pero donde no llegamos a ver un alma nunca, apartado, oscuro, un tanto desangelado pero con encanto, perfecto si uno quiere echar tranquilamente una partida de ajedrez, a salvo de la atención de curiosos que se congregarían en cualquier otra plaza que los ves pensando “pero en serio no ve ese movimiento?” o “madre mía! qué ha hecho éste? no tiene ni idea de ajedrez”. Y luego seguir andando por ese mismo barrio, a escaso dos calles del nuestro, hasta subir unas pequeñas escaleras y dar con un mundo aparte, una urbanización solitaria y silenciosa en el viejo corazón de Barcelona, rodeada de un pequeño bosquecito, con pocas farolas y alguna canasta suelta por allá, que uno tiene la sensación de estar paseando por la zona residencial deshabitada de un pueblo del interior, en serio esto está a dos calles del desquiciante ajetreo y febril movimiento de la ciudad? En serio esto está a cinco minutos de Gracia? Pues sí, incluso se ven algunas estrellas en las noches claras. Se echa de menos. Y luego, cuando es tarde para ser domingo y al día siguiente hay que “madrugar” y ya hemos echado ese ajedrez y esa vuelta, volvemos a casa por el puente de Vallcarca, desde donde se ve un caserón okupa enorme, con antena por satélite y todo, y ves a los okupas fumando y bebiendo dentro mientras ven tranquilamente los cientos de canales que deben tener, así de dura debe ser la vida okupa. Una vez en casa de nuevo, seguimos echando esa partida a Master Mind si aún no estamos muy espesos o un Crash en la play si no nos queremos romper mucho el coco o a unas malas le damos a la tele y yo le pongo canales expresamente para escuchar a mi hermano despotricar sobre los concursantes o los presentadores, ya que me hace mucha gracia, mientras le seguimos dando al canuto y, de nuevo, hay una pizza o una lasaña en el horno cocinando por nosotros. Y de esta manera los domingos fríos y tristes y apagados y grises pues no lo son tanto. U otros domingos en los que estoy más apático cojo y me doy a dar una vuelta yo solo Gracia abajo, por calles que empiezo a conocer, que no conozco, y que no me suenan de nada, disfrutando del paseo y los edificios, mientras imagino qué fiestas haría en ése o como es la vida de los que veo en el otro, o imaginando historias sobre zombis y monstruos en la uni o el argumento de mi próxima novela. Y saliendo negativo y apático de casa vuelvo con las pilas puestas y dispuesto a verle la sonrisa al mundo. Eso, se echa de menos.
También echo de menos, cuando nos dio la fiebre en pleno invierno gracias a mí, de montarnos un gimnasio improvisado en medio del mini-salón del piso y liarnos a hacer flexiones, abdominales y pesas a las ocho de la tarde, durante una hora o más, los dos a nuestro rollo pero picándonos de vez en cuando “no has acabado la serie, mariquita” o “levanta más la pesa que ésa no cuenta”, con música de fondo que nos enchufase o pasapalabra o el wyoming y sus tías buenas en la tele. Como a mí de seguida me entra calor me quito la camiseta y me pongo a hacer pesas delante de la ventana, en la que me veo reflejado y admiro mis (escasos) músculos en tensión y mi cara de esfuerzo, quién necesita un gimnasio? Y siempre que hacía eso miraba el edificio de enfrente, que es como muy moderno, y me imaginaba a los vecinos mirándome haciendo pesas en el salón, y no sé por qué en vez de ser un estudiante catalán me imaginaba que era un joven triunfador empresarial yanqui y estaba en Nueva York. Después nos turnábamos para ducharnos (ya sabéis, primero muy caliente, luego muy fría) y nos apalancábamos el rato antes de cenar en el sofá con un porro muy cargado, y os digo, no sé qué sería pero entre el ajetreo diario, el rato de ejercicio, la ducha y el porro, ése era el momento feliz del día, me sentía en onda con el universo. Eso, también se echa de menos.
Me gustaba salir a la calle y comprar algo improvisado para comer, porque salía a comprar cualquier cosa en un condis o un día cualquiera, pero de Gracia, y eso me gustaba. Me gustaba incluso el bar que teníamos debajo de casa que debe ser de los bares más cutres que he visto en mi vida, llevado por unos chinos que capeaban como buenamente podían a los últimos borrachos del barrio que se congregaban ahí porque era el que cerraba más tarde, con tal de ganar cuatro perras más. Un bar incluso socorrido en más de una ocasión como último medio cuando no había nada más para que me prepararan un bocata y, oye, que no estaban tan malos. Bar odiado profundamente por mi hermano y Noe, pero que sirvió de refugio para tomar alguna birra antes de empezar la noche y ponernos al día con Raúl, porque las estrellas eran baratas y los personajes pintorescos, esa cutrez que uno acaba amando. Aunque a decir verdad la mayoría de los bares de nuestra calle eran bastante cutres; sin ir más lejos, el que había justo al lado tenía las paredes de color pastel y cuadros de señores medio desnudos con tigres salvajes y floripondios de colores, así que tampoco era mucho mejor. El dueño no era especialmente simpático, ni activo, pero tenía un camarero extranjero, sudamericano, que es el típico que lo hace todo, y rápido. El chaval no me quitaba ojo de encima cada vez que iba, y yo creo que era gay. Aún así ése era el bar al que acudía al llegar de fiesta, porque si bien el de los chinos era el que más tarde cerraba, éste era el que más pronto abría, no había ninguno más abierto en la calle, y después de tomarme un zumo de naranja natural y un biquini recién hecho (bajo la atenta mirada del camarero gay) me sentía con fuerzas de acometer la imprevisible misión de llegar a la cama y dormir.
Me gustaba muchísimo llegar entresemana a las doce de la noche o la una y que el bar cutre de los chinos siguiera abierto, con todos los de la basura tomándose una cerveza y colapsando la calle con sus camiones parados en mitad de la carretera. Y llegaba tarde del teatro, porque me traía el Josep, que es todo un personaje, y mientras lo veías tímido y callado y a su puta bola en los ensayos, en ese rato que nos pasábamos despidiéndonos en el coche, delante de mi portal, hacíamos planes para forrarnos y darnos el piro, un día blanqueábamos dinero y él buscaba el lugar y yo la maquinaria, otro alquilábamos un pisito vacío en el barrio y comprábamos unas prostitutas rumanas, otra vez él iba a Galicia en coche y me conseguía un quilo de coca que yo tendría que distribuir, otro día pergeñábamos un plan para darle el palo a un furgón blindado, y alguna vez incluso traficábamos con armas en el puerto con peligrosas mafias calabresas. El tío se lo tomaba en serio y alguna vez me decía, “eh, pero lo hacemos, eh? yo te estoy hablando completamente en serio” con una cara de loco que me daba miedo e incluso yo me lo empezaba a tomar en serio y me planteaba las ventajas de una vida al margen de la ley. Una vez incluso sacamos información de internet y a punto estuvimos de invertir nuestro dinero en una máquina que hacía precisamente eso, dinero (aunque falso, claro). Lo más factible que se nos ocurrió fue el clásico de plantar un invernadero con marihuana y venderla luego, pero por razones logísticas, nunca empezamos la operación. Nunca empezamos nada, de hecho, pero entretenía la vuelta del teatro en Barberà aquellas conversaciones absurdas que nos tomábamos más en serio de lo que debíamos. Yo ya me veía retirado en algún país perdido, rollo Trinidad y Tobago, con un habano y un ron de verdad, olvidado de Gracia y la civilización en general pero regalando mi cuerpo al sol y a la arena para el resto de mis días. En vez de eso, me conformaba con despedirme del Josep y subir las escaleras a casa imaginando los aplausos y la cara de la gente el día del estreno de la obra, me sé el papel, la gente está enchufada, esto va a funcionar, y eso llenaba mi cabeza y mi ilusión. Al llegar encontraba Anatma y Noe a punto de ir a dormir que me preguntaban qué tal el teatro (porque la uni se daba por perdida) y yo les explicaba que si hoy a tal se le ha olvidado el papel, o he hablado de la guerra civil con uno de los yayus de la obra, o me han echado bronca por estar encantado, o me he pasado el ensayo escuchando a escondidas el partido de champions del barça y celebrando calladamente los goles, o me he salido un momento a fumar un porro con uno y se nos ha echado el momento de salir a escena y no estábamos listos, o vamos a pasar coca con el Josep, o cualquier anécdota que se me pasara por la cabeza ese día. Si ya estaban acostados, me preparaba una sopa de sobre (renunciando a mis principios, y a los de toda persona que se precie) pero que estaba caliente y me reactivaba, mientras me veía una serie bastante estúpida que daban en la sexta pero que no sé por qué me hacía mucha gracia, the office. Así que me quedaba a verla hasta tarde y cuando me aburría a las tres o las cuatro me iba a dormir, no demasiado preocupado de faltar el día siguiente a las tres, cuatro o cinco primeras horas de clase o, por qué no, pasar de ir directamente, quién quiere sacarse una carrera cuando le llena su afición favorita? Pues eso, amigos, se echa de menos.
Sabéis qué echo también de menos? Las fiestas privadas en Gracia. Y no ya la de pisos desconocidos (eso sería una actualización entera aparte), sino las fiestas que nosotros mismos montábamos. En parte me gustaban porque era la única época del año que nos dignábamos a limpiar el piso, lo cual cuando llevas vida de soltero y compartes siete metros cuadrados de comedor, se echa en falta de vez en cuando y se diría que es incluso deseable, hacedme caso. Nos pasábamos la tarde limpiando como si se tuviera que acabar el mundo porque claro, teníamos la faena atrasada de cuatro meses, y encima había que cocinar y estar a punto a la hora. A nuestro favor hay que decir que siempre lo conseguimos. Me gustaba meterme en la cocina dos horas antes y ver el vaho de la ventana mientras fregaba los platos en una pica minúscula, que uno nunca diría que caben los platos sucios de una semana (caben) y mi hermano va preparando una tortilla gigantesca, o humus, o una ensalada, o todo a la vez. Siempre acabábamos innovando en la preparación y siempre quedaba bastante bueno, la verdad. Lo malo que las ganas y la creatividad en la cocina se quedaban en esa noche concreta, no somos gente de extrapolar a nuestra vida diaria. Entonces cuando llegaban los invitados reventábamos a comer y nos distribuíamos apalancándonos por donde podíamos, sofá, sillas, taburetes, suelo, nada… alguna noche con invitados de más tuvimos que salirnos incluso al balcón, de lo pequeño que era el piso. Los invitados eran, si se me permite, como la esencia de Barcelona, la verdad. Si bien no potenciados al máximo en sus posibilidades, la mayoría eran variopintos, cocinados por la vida y servidos sin adornos ni pretensiones, tal cual. Quiero decir, que era muy agradable fumar unos porros con ellos y dejar fluir la buena conversación o, en caso de demasiado de lo primero (porros), dejar fluir unas buenas tonterías. Me gustaban esas noches, se echan en falta. Las menos creativas nos dedicábamos a ver vídeos freaks al objeto de imitarlos nosotros en un vídeo posterior (es decir, más freak que lo freak) y cuando nos daba el bajón no dudábamos en abrir sacos, porque eran sacos, de toda suerte de palomitas, gusanitos, patatas, variados, galletas, galletas saladas, chocolate… y en fin, cualquier cosa que nos tapara el agujero del estómago y no pudiera considerarse sana. Y esas noches, aunque no te movieras de casa, pues molaban, y se echan de menos.
Se echa en falta también, esos fines de semana o noches entresemana (que es cuando más tiempo estábamos juntos) y descubríamos series frikis pero guays a las que engancharnos, siendo la más célebre y, POSTERIORMENTE, conocida por todo el mundo the big bang theory. No sé, saber que una noche cualquiera, cualquiera, podías ir a tu casa en Gracia y comerte una pizza con el huevo característico en medio mientras te partes con el último apm o big bang, pues molaba, y mucho, y se echa de menos. O esperar los sábados y domingos a las tres de la tarde (que para nosotros era recién levantados) y vernos un padre de familia o un futurama o un me llamo earl en el sofá, molaba. O pillar un dvd de la biblioteca para tragarnos entera una seria absolutamente BRUTAL como the young ones, lo molaba todo. Ésa era la esencia, joder. Esos días “perdidos”, esos días “tirados”, sin hacer nada más que levantarte y echarte al sofá (que era incómodo como su puta madre, pero con encanto) a fumar como cerdos mientras dejas a la serie que te haga reír y luego rememorar los momentos más absurdos, eso es de lo que os estoy hablando. Y luego hacer esos paseos o esas partidas de ajedrez que os explicaba antes. Eso es, para mí, Gracia.
O cuando nos dio por el ping-pong, y nos sabíamos de memoria la situación exacta de todas las mesas disponibles en tres quilómetros a la redonda, la gente que las solía frecuentar, y sus horarios, con lo que prácticamente establecíamos un planning para ir de mesa en mesa sin que nos molestaran demasiado. Cualquier rato muerto era bueno para practicar ping-pong, y si pese a nuestras predicciones había alguien jugando, los retábamos y lo pasábamos el doble de bien. O llamábamos a Cristian y, después de hacer una birra en un bar cutre (esta vez de Sants), nos echábamos ese ping-pong en una plaza cerca de su casa con su compañero de piso. Una plaza que, vale la pena decirlo, resultaba bastante surrealista, sobre todo las dos primeras veces que fuimos y no la conocíamos, porque en ella se juntaban quinquis con perros rabiosos sueltos, sudacas reggaetoneros, gente que chillaba e iba y venía sin venir a cuento y unos pequeños bastardos de no más de diez años que la liaban a muerte con unos cartones, unos patines y mucha velocidad (con estos datos, calcúlese la actividad que llevaban a cabo) comandados por un niño mulatito que era clavado al hijo de Earl. En serio. Qué locura de plaza, y aún así era de nuestras mesas pinponeras predilectas y lo bueno es que todo el mundo pasaba de ella a saco así que siempre estaba libre. Lo malo es que estaba abollada por varios sitios porque parecía que bailaban con tacones en ella o algo por el estilo, así que ganar o perder era más bien cuestión de suerte, y además no se veía una mierda. Pese a que ésta era particularmente divertida, yo prefería las plazas de mi barrio, más tranquilas, con ese encanto bohemio, donde lo máximo que te podías encontrar era algún paki extraviado vendiendo rosas o unos italianos pidiéndote droga. Había una mesa muy cerca de casa en un gran parque de tierra, pero estaba fatal y tenías que sortear las mierdas de perro al jugar, así que no podías hacer movimientos muy bruscos ni rápidos, y la habías cagado si se te caía una pelota porque los perros del parque no solían perdonar y te la destrozaban. A Anatma esa mesa no le gustaba mucho. La del parque Güell era muy agradable, pero imposible jugar en ella porque estaba hecha polvo, allí mejor era un ajedrez en un banco, lo malo es que como nosotros siempre llegábamos tarde y yo soy lento jugando, perdíamos la luz natural y al no haber farolas las pasábamos putas para mover una ficha, casi tenías que intuir cuál era, con lo cual hacer trampas era muy sencillo y encontrar una pieza que se te había caído jodidamente difícil. Los dos preferíamos la mesa que hay en la Plaça Nord, donde también hay muchos niños y perros sueltos y un teatro donde no dejan de salir jóvenes, pero se está tranquilo. Lo malo de ahí es que la fuente estaba rota, y la pista (que estaba en la tierra) inundada de agua, así que siempre que íbamos antes de jugar nos las teníamos que apañar con cartones de la basura para allanar el terreno y no llenarnos de barro, si pasaran Callejeros en ese momento hubiesen sacado mucho jugo al reportaje. En esa mesa nos batíamos durante dos o tres juegos en serio (solía estar muy igualado) y el resto lo pasábamos peloteando suavemente mientras nos contábamos la vida. Muy edificante. Llegamos a enganchar a Noe a nuestros partidos (así como al crash, todas las series, los juegos de mesa, apm… en fin, de todo. Aunque nunca se aficionó al Master Mind, eso sí). Llegó un punto que nos dio tan fuerte por el ping-pong que entresemana, cuando Noe salía de trabajar que eran cerca de las doce de la noche la recogíamos Anatma y yo en coche y nos íbamos los tres a Montjuic, a un pequeño parque cerca del Sant Jordi donde hay un par de mesas y una cancha de baloncesto. Allí cenábamos (estoy hablando de cenar con guantes y abrigo) encima de la misma mesa de ping-pong y cuando acabábamos echábamos el partido, tal cual. El tercero jugaba solo a basket con una pequeña pelota. Como críos. Además era un buen lugar porque, por mucho que te desgañitases chillando con todas tus fuerzas (y Noe y yo nos podemos desgañitar mucho, mucho) nadie te molestaba ni te decía nada porque claro, no hay vecinos. Luego nos volvíamos de madrugada y tan contentos. Buenos pinpones nos echamos. Una tarde incluso subimos Anatma y yo solos por Montjuic y descubrimos cosas como el campo de rugby donde puedes ver jugar gratis (a rugby, claro), caballos paseando por ahí o los ultras del español que, el día que hay partido, hacen botellón en las mismas mesas donde nosotros acudíamos de madrugada entresemana, y al verlos allí, como íbamos con la idea de jugar entre ceja y ceja pero nos pillaron de improvisto pensamos “qué, jugamos igualmente? pues con dos cojones””, y mientras a tres metros bebían como animales y se drogaban con frenesí nosotros nos pusimos a jugar a ping-pong tan tranquilamente. Finalmente la jugada nos salió bien, porque todos los brigadas (blanquiazules) se vinieron a nuestra mesa y echamos torneos de siete puntos, mientras nosotros no jugábamos nos daban porros por acabar y porros enteros, así que nos hicimos coleguitas del alma. Lo negativo fue que como iban bastante pasados entre unos y otros les daban unos palazos de miedo a la mesa, y estuvieron a punto de cargarse las palas, pero bueno. Esas cosas son las que se echan de menos. O pasear por unas plazas, parques y avenidas justo al lado de esas mesas en Montjuic, debajo de la torre telefónica, por una especie de ciudad del futuro abandonada. Me flipa esa zona, te lo digo.
Echo de menos hasta el curro de Noe, que era una residencia de erasmus y cada vez que iba, no te exagero, sufría porque era como un maldito desfile: hoy de italianas despampanantes, otro de francesitas recatadas, luego holandesas más altas que tú, inglesas desmadradas… un festival. Anatma y yo nos llegamos a familiarizar con los seguratas de la resi, bastante característicos también, unos porque utilizaban frases del apm y otros porque parecían salidos de callejeros edición especial. Al final los pobres fueron ellos los que se tuvieron que acostumbrar a nosotros, porque más de una noche de fiesta por el barrio nos pasamos por allí para ir al lavabo, porque somos gente cívica y no queríamos hacerlo en la calle, así que ya te ves a Noe diciéndole al segurata de turno “no, son amigos míos”, y tres o cuatro tíos turnándose para mear. O una noche en la que se nos acabó la bebida y para seguir la fiesta fuimos a desmantelar lo que pillamos a la residencia, que fueron un par de cervezas, una botella medio vacía de nosequé y algo para picar. Genial estación de auto-servicio el curro de Noe, lo echo de menos.
Aunque, probablemente, lo que más eche de menos del barrio y la independencia perdida es la proximidad de entrada a los agujeros negros, que, básicamente, son ese conjunto de situaciones cuando menos inverosímiles, surrealistas, a las que uno se ve arrastrado durante sus escarceos noctámbulos y que cuestan de creer al día siguiente. Esas historias que perduran y cuestan de contar (y que te crean), vaya. Pues Gracia era un portal magnífico donde nunca sabías cuando podías entrar en uno de estos agujeros. Uno de los más célebres (y tampoco lo voy a contar entero) fue cuando Raúl y yo nos quedamos a escuchar un profesor de la uni pinchar en un bar cerca de plaza de la virreina, que por cierto iba súper pasado y creemos le tiró los tejos a Raulinho (teoría que luego resultó ser falsa). Al salir del bar ya llevábamos nuestras cuantas birras y porros, así que por supuesto hizo su aparición esperada el hambre. Otra de las ventajas de Gracia (y de las que sólo pueden presumir tres barrios más en toda BCN) son los pakis, con sus paki-birras y sus paki-samosas; así que lo tuvimos fácil y atacamos con delectación el señor de las samosas. Pues en estas que se cruzaron en nuestro camino una de las mujeres más lindas que he visto en mi vida y una artista mexicana y, por aquellas cosas, nos sentamos los cuatro a disfrutar nuestras samosas y cervezas en un banco de plaza del sol. Juntos, desarrollamos nuestra brillante filosofía de la paki-vida y mil cosas más, la cuestión es que no recuerdo haberme reído tanto en mucho tiempo. Además la chica mexicana no dejaba de hacerse porros de maría sin tabaco y nosotros de chocolate (con lo que empezábamos a ver a los pakis de colores), y era imposible apartar la vista de la otra chica. Una conversación muy agradable que duró horas y se vio varias veces interrumpida por tíos que venían a pedirnos droga, un paki que empezó a acosar a la chica preciosa y, atención, un tío que merece comentario a parte: un catalán de treinta y tantos, despeinado y con cara de acabar de salir de minas morgul, que se acerca y nos pregunta “oye, tal, vosotros queréis un gramito de coca? Es que me lo han enchufado o no sé qué y yo no lo quiero, os lo paso barato” y nosotros, no gracias, vamos servidos, y salta el tío “vale, pues entonces si queréis os leo el futuro”… aquí ya empezamos a flipar de la ostia, os podéis imaginar; pero el tema es que el cabrón, efectivamente, saca una mini-baraja de cartas del tarot y empieza a leerle el futuro al Raulinho, encima del banco, tal cual (por cierto, no dio una). Memorable. Entenderéis que, noches de éstas, se echan mucho de menos.
Vaya! O puestos a hablar de noches memorables y agujeros negros es ineludible la ya mítica noche en que una valiente compañera de clase decidió acometer la imprevisible aventura de acompañarnos a Noe, Anatma y a mí en una fiesta por Gracia. Todo señalaba a que iba a ser una noche tranquilita, sin movimiento excesivo, pues el plan era echar unas paki-birras en cualquier plaza agradable del barrio, nada de bares, pubs ni clubs. Como así fue. Al menos, el principio… todo empezó con una ronda larguísima de chistes malísimos por parte de Anatma y mía para intentar hacer reír a las mujeres en plaza del diamante con nuestras latas de birra. En gran parte lo conseguimos, pero lo que consiguieron también fue poner nerviosas a las damas un grupo de no menos de cuatro o cinco pakis que se cerraron, literalmente, en círculo alrededor nuestro y no dejaban de mirarlas. Para no liarla mucho (pues son una puta mafia), trasladamos la diversión a la virreina (donde suele haber más movimiento y personajes pintorescos), y efectivamente nos topamos, primero con un par de punkis de no menos de cincuenta años con imperdibles incrustados en las cejas puestos por ellos mismos a modo de piercings (dato verídico), así que calculad el resto del punki; parecían la respuesta a “qué hubiese pasado con los yonkis de trainspotting treinta años después si se hubieran continuado drogando y venido a vivir a Barcelona”. La verdad es que te hablaban y te daba miedo que te contagiasen algo, así que imagínate cuando se presentaron formalmente y les dieron dos besos a Noe y Cris, les contagiaron los sietes males, mínimo (Anatma manifestó no volver a besarla hasta que se hubiese lavado la cara con lejía). Y, al librarnos de ellos, un italiano borracho pretendió ligar con las damas felicitando a sus acompañantes (es decir, nosotros) por nuestro gusto. El tío nada menos que se lió a cantar y otro de sus colegas a tocar la guitarra, y quería ligárselas diciendo que era el camarero del bar de la plaza virreina y que nos invitaba al día siguiente a lo que quisiéramos. Lo tomamos bastante a coña pero resultó que el cabrón decía la verdad y curraba allí, aunque nunca llegamos a hacerle cumplir la promesa. Después de eso volvimos a casa, donde buscamos como locos alguna excusa para continuar la fiesta y la encontramos en unas mini-botellitas de licor que mi hermano chorizaba del aeropuerto cuando curraba allí. Había de todo, j&b, cacique, vodka… pero en miniatura. Como no teníamos nada con qué combinarlas, nos las bebimos a palo seco. Ahí dio comienzo la segunda parte de la noche, donde empezamos (nadie sabe por qué) hablando, o mejor sería decir, despotricando a dúo Anatma y yo sobre JHAAAAAN (nuestro padre y señor del universo), cuyas “andanzas” siempre dan mucho juego y sorprendían a Noe y divertían a Cris; eso nos llevó al menos un par de horas, Noe se rindió y marchó a dormir, nosotros le dimos la bienvenida al sol cerrando las cortinas y disfrutando de la fluida conversación que manaba de los porros y el alcohol. Aquella noche pasó algo que nunca había experimentado, y que es el beber por beber. Me explico: siempre había pensado que uno bebía pues por algo, no? para colocarse, desinhibirse, sentirse más contento, olvidar las penas… Pues no, aquella noche los tres bebíamos por un motivo: por nada. Simplemente habíamos estado bebiendo toda la noche y nos apetecía continuar, sin más, como así hicimos. Bebimos y bebimos más a gusto que nada y las botellitas vacías se iban acumulando pero ya abríamos otra, y llegaba la hora de desayunar y teníamos hambre pero preferíamos disfrutar del momento y seguir bebiendo, y más tarde se hizo mediodía y el sol picaba y seguimos bebiendo, y así llegó la hora de comer pero pasamos de comer para seguir bebiendo. Al final tuvimos que improvisar un juego para tener alguna excusa por la que seguir bebiendo, que fue el de “yo nunca he hecho…” tal, y si lo has hecho pues tienes que darle un trago a tu copa. Con el dichoso jueguecito nos dieron las tres y media de la tarde, hora en que mi hermano decidió echar el ancla a la noche. Curiosamente, ocurre que cuando uno bebe tanto llega un punto que pasa digamos de estar en un punto máximo de embotamiento a adquirir una extraña lucidez mental, como si no hubiera bebido nada. A mí al menos me ocurrió eso, que cuando nos fuimos a la cama estaba completamente sereno, aunque mi hermano y Cris no manifestaron lo mismo (Anatma acabó en el hospital al día siguiente, pubret)… Ese beber sin sentido, esas situaciones videofluoroscópicas y esos agujeros negros se echan de menos en la vida de uno.
O cuando, en verano, nos metimos a un bar la chica mexicana (sí, la de antes) y yo para contarnos la vida y se nos unieron una chica sudamericana, un francés experto en marihuana y un senegalés que me ofreció su piso en Colonia y un tour en París y al final, entre unas cosas y otras, me coloqué tanto (ha sido la vez que más, a ver si os vais a pensar ahora que voy por ahí perdiendo el control) que tuve que volverme en taxi. Esa tarde también la echo de menos.
Y a parte de esas situaciones concretas, digamos, uno llega a echar de menos las nimiedades más banales, en el sentido global. Es decir, a mí me llenaba cualquier tontería del tipo llegar en coche y tener que irme hasta el hospital quirón (en la quinta ostia) para aparcar, o ver los carteles con nombres de Gracia, o pasar cada día por plaza lesseps, o subir siempre por príncipe de astúrias al volver de la uni, por delante de los cines y del asador, esos pequeños detalles que no nos entretenemos en valorar, pero que son los que más me llenaban y echo de menos. Sobretodo sobretodo, uno que no le conté a nadie y es el que más me gustaba, era salir, antes de irme a dormir cuando Noe y mi hermano ya estaban acostados, al balcón a echar las últimas caladas, y miraba a la izquierda y veía toda Gracia hacia abajo, y el resto de Barcelona detrás, enfrente y debajo la plaça lesseps y vallcarca, y a la derecha el Tibidabo, iluminado, como un castillo flotante en mitad del cielo. Y yo cerraba los ojos y disfrutaba del frío en las manos y el ruido de los coches, y le contaba secretos a la luna que nunca te diré.

Todo eso, y mil historias más, es lo que cruzó por mi mente la primera noche de este año 2010, cuando dejé a Anatma y Noe camino hacia la India en el aeropuerto y, volviendo a casa, me paré delante del que fue mi portal en Gracia a echar el último piti y recordar el barrio, recordar ese último año de mi vida que es lo que os acabo de narrar y mi independencia perdida. Para que luego digan que es fácil volver a casa; porque siento que este sitio no me pertenece. Porque de las vueltas que he dado en la vida hasta ahora, si tuviera que señalar un lugar como “hogar”, ése sería sin duda Gracia. Porque somos Gracia.

El Rapsoda de la ignorancia