La amistad es nuestra religión; Nadie, nuestro Dios; y la ignorancia, nuestro templo. Bienvenidos.

jueves, 29 de octubre de 2009

Capítulo V: La villa encantada

Después de luchar dos días con sus dos noches en la enfangada ciénaga de Ipsen, prolongar las celebraciones por la victoria durante más de doce horas, cabalgar emprendiendo el camino a Alexandria dejando atrás Ipsaia, toparse con la estremecedora verdad que las temibles escuadras de Rodiön siguen en pie y derrotar a la perversa aunque inofensiva bruja de la torre (batalla que hubo de durar toda la noche), los tres caballeros se encontraban al borde del desfallecimiento, y con una nueva salida del sol y abadonando la que fue una imponente y maquiavélica edificación de noche, ahora de día caricaturizada en una triste torre semiderruida, fue el caballero vencedor el que expresó primero su opinión:
-Caballeros...- empezaba, con cara de desmayarse si acababa la frase- no entiendo de qué pasta estáis hechos, pero el derrotar a la bruja sumado a todo lo que llevamos acumulado.. creo que... creo que necesito descansar o la armadura que visto será mi mortaja aquí mismo...
-Tienes razón, todos necesitamos descansar- apuntilló el caballero elegante, de recio carácter.
-Caballeros, a este paso no llegaremos a Alexandria ni con la magia del hipogrifo; si queremos satisfacer nuestros cometidos, debemos continuar- el caballero templado volvía con, de vez en cuando, una ráfaga de lucidez.
Calibrando posibilidades, decidieron continuar el camino a lomo de sus corceles, que esperaban dóciles a cincuenta metros de la torre, haciendo turnos en el que dos dormían, atados a sus caballos para no caerse, y un tercero vigilaba y guiaba al resto. Empezó el caballero relajado, ya que el gas venenoso que había inhalado le había restado fuerzas, pero desvelado completamente. Más tarde guió el caballero de agitador, y cerrando los turnos, macarra. Lograron reemprender el camino correcto del que habían sido desviados por culpa de los cantos de sirena de la bruja, pero cuando empezaba a presentarse la noche y el caballero tranquilo ejercía de vigia, cayó sobre ellos una extraña niebla que los envolvió como un manto fantasmagórico, capaz de desorientar al más tenaz de los aventureros. El caballero de suave carácter, ya fuera por temple infundido por sus propios miedos o por sus verdaderos instintos, no perdió la calma, y siguió cabalgando sin despertar a los otros en el que él creía era el camino a seguir. Pero se dio cuenta que algo iba mal cuando obligó a su montura a detenerse y examinar unas huellas de caballo en el camino, que resultaron ser las de Ymir, Pare y Isacuus, sus propios corceles. El joven caballero siguió cabalgando, impasible, hasta que divisó una extraña figura en aquel mar etéreo: cuando se aproximaron más, avistó un anciano cubierto con harapos, los ojos dos cuencas gigantescas que albergaban grandes esferas de un azul enfermizo a modo de ojos y una nariz tan descaradamente aguileña y afilada que hacía pensar que el pobre viejo podría morir si estornudaba demasiado fuerte; se apoyaba en un bastón más alto que él que parecía retorcido expresamente, y si la sensación que transmitió al caballero impasible no era de miedo, desde luego se le aproximaba. En cambio, la voz del anciano resultó ser una suave canción que llegaba a oídos del inexperto hidalgo como el canto de los pájaros en la soleada primavera. Aquello lo desconcertó, y le animó a confiar mínimamente en la enigmática figura o, almenos, a no partirla en dos con una de sus espadas en cuanto estuviera lo suficientemente cerca. El viejo misterioso habló:
-Joven caballero, buscáis una posada donde reposar, pues estas tierras de noche son peligrosas hasta para los amos del páramo, los lobos.
-Entiendo de esta manera que sería tan amable de indicarnos dónde la podría encontrar, buen hombre.
En la inquietante ceguera de sus ojos de cristal atravesó relampagueante una mueca divertida:
-Venís de muy lejos; el páramo montañoso por el que andáis es un desierto donde encontrar la muerte en pocas horas si no se conoce el terreno. Por ese motivo, la gente de aquí, que disfruta discreta y alejadamente de la vida, os ofrecerá su hospitalidad sin pensarlo siempre y cuando no perturbéis su paz. Hay muchísima vida si se sabe dónde buscar.
-Hay alguna villa cerca?
-Por supuesto.
El silencio del viejo incomadaba al caballero. Parecía que se limitaba a ser un elemento cándido, de ayuda para los pobres desarrapados que caían por esa zona, pero había algo más, como una negación de esa ayuda simultáneamente, algo bastante absurdo. "Que me aspen si sé qué hace un viejo al anochecer disfrazado de mendigo jugando a las adivinanzas en este desierto infértil con unos extranjeros que podrían ser sus nietos..." pensaba el caballero tranquilo, casi decidido a despertar en busca de apoyo a sus compañeros.
-Sería tan amable de indicarme el camino hacia esa villa, caballero?
-Desde luego. Pero debéis saber antes, intranquilo guerrero, que esa villa es un lugar casi sagrado, imposible de ver para los impuros de corazón; un lugar muy especial en el que sus aldeanos conviven al margen de las leyes del mundo, pero siendo una parte muy importante de él: es donde se fabrican los sueños de la gente. Todos las horas, todos los días del calendario, hay una fábrica mágica, comandada por seres del espacio, que se encargan de producir los sueños incansablemente. Todo aquél que es merecedor de entrar a la villa, queda prendado de por vida por ella, más fuerte que el amor a la vida, más fuerte que el amor a una mujer. Por eso es la perdición del que entra para ser guarecido de las heridas del alma: puede que no salga jamás. El hechizo es harto poderoso.
El caballero templado rió plácidamente descargando toda la tensión que había incubado en el espesor de la niebla hasta el momento, esperando algún secreto horrible o circunstancia preocupante que sortear. Eso era todo?
-No se preocupe, buen viejo: tenemos un largo camino por delante y un cometido como caballero que cumplir, para nosotros no hay hechizos bobos que valgan. Pasaremos ahí la noche, con la luz del alba partiremos y nos olvidaremos de que siquiera existió.
Ahora le tocó al viejo sonreír; verlo le recordaba a un vetusto árbol nudoso contorsionarse ligeramente por el viento.
-Tú haces tu propio camino; las gentes de allí os recibirán bien...
-Gracias, buen viejo, si me indicas hacia dónde...
-...sin embargo, no debéis ir- lo pronunció de tal manera que el temple del caballero tranquilo se zarandeó y amenazó con derrumbarse, habría preferido escuchar su propia sentencia de muerte.
-Qué? Por qué lo dices, buen hombre? Es que no somos puros de corazón para entrar en esa estúpida villa o qué?
-Eso no me toca a mí juzgarlo; sólo os advierto, por el bien de la villa y el vuestro propio, no debéis entrar.
-Explícate!!- el caballero impasible deshonró su mote y desenvainó como un rayo una de sus espadas gemelas, poniendo la afilada punta a la altura de la nariz del viejo, absolutamente inmutable.
-Uno de vosotros posee un poderoso objeto mágico que de ninguna de las maneras debe entrar a la villa; un mal presagio se cierne sobre vosotros como una bandada de cuervos sobre el cadáver del ciervo. Alejáos y llevad con vosotros vuestra desgracia.
El caballero dejó de apuntar al viejo con su arma y la envainó reflexivamente. Se produjo un corto silencio, más denso que la niebla que impedía ver más allá de un palmo del viejo visionario.
-Cómo lo sabes, viejo?
Después de un instante que hizo sospechar al caballero un acceso de autismo, el viejo habló por última vez:
-He dicho todo lo que tenía que decir.
Acto seguido se dio la vuelta y desapareció engullido en una nube de niebla que, curiosamente, empezó instantánemanete a disiparse en ese punto concreto, dejando a la vista un largo sendero de árboles alineados casi milimétricamente, a unos pocos pasos los unos de los otros, dejando un claro sendero a seguir que, desde luego, no se encontraba ahí antes a juzgar por el caballero tranquilo, que no salía de su asombro, convencido que había pasado por ahí mismo hacia unas pocas horas y aquello no existía para nada.
Sin embargo, despertó a sus compañeros y les informó que había encontrado un lugar donde pasar la noche:
-Caballero relajado... por qué se mueven los árboles a nuestro paso?
-Sé tanto como tú, caballero forzudo- respondió escuetamente.
-He tenido un sueño muy raro...- se unió el caballero de las pasiones, ni siquiera inmutado por el anormal movimiento de los árboles, como oscuros vigilantes de su ruta, que casi danzaban siniestramente al compás de los corceles.
Al cabo de unos inquietantes y agobiantes minutos que se les antojaron larguísimos, llegaron a las puertas de una pequeña villa sin muralla, con una neblina que la rodeaba, pero ligera y escurridiza ésta, en contra de la espesa y cargada que acababan de abandonar. Entraron y no pudieron por más que alegrarse de encontrar por fin un lugar civilizado y tranquilo donde hacer un merecido alto en el camino. Ninguna casa superaba las dos plantas, los tejados eran de pizarra la mayoría, unas alegres velas se adivinaban en el interior de los salones y las caras de los habitantes que se encontraban estaban cruzadas por una media sonrisa.
-Esto parece el almacén de Cortilandia...- expresó el caballero intranquilo lo que a todos les vino en mente.
Habiéndolo disputado a un juego de azar, acordaron que el caballero macarra buscara una posada donde descansar plácidamente al fin, y los otros dos vencedores del juego se encaminaron con el ánimo súbitamente recargado hacia la posada más cercana, que rebosaba felicidad, hospitalidad y buen rollo desde la entrada. Abrieron la ruidosa puerta de madera y un halo de "bienvenido a casa" los acogió inmediatamente: pese a que estaban en época estival, una viva hoguera crepitaba alegremente al fondo del local inundando la amplia sala, donde los hombres se agolpaban por grupos en inmensas mesas de madera, cantando, bebiendo, bailando, contando batallas con colosales pintas en la mano que no se preocupaban de derramar en algún compás de su baile. Las mujeres reían sin preocupaciones, aduladas por sus camaradas masculinos, sientiéndose el centro de atención global, la salsa de la vida. Los camareros y camareras iban aquí y allá con bandejas que más parecerían mesas enteras sobre la mano, sumándose al jolgorio general sin que esto preocupara en exceso al jefe del local que, suponían, era un hombre de espesa barba puntiaguda con un sombrero rematado por un trébol gigante de cinco hojas, que fumaba despreocupadamente al final de la barra con un extraño una pipa tan pequeña como un dedo índice, pero suficiente para que saliera un humo gris tan espeso para que se adueñara de toda la parte superior del local, imposibilitándoles ver hasta dónde alcanzaba el robusto techo. Además, loros exóticos de plumas multicolores, salamandras posadas en los hombros de sus propietarios, hurones, cabras enanas, gatos, perros, tortugas, iguanas e incluso algún cerdo y un topo convivían con reposada indiferencia pero contribuían notablemente al bullcio general. A los dos caballeros les costó más de tres minutos moverse de la puerta, donde se habían quedado petrificados, con la sensación de haber entrado en un parque de atracciones, si en aquella época hubiesen existido los parques de atracciones.
Finalmente se decidieron por sumarse alrededor de uno de los grupos menos vistosos y más discretos, unos cuantos chavales y chicas jóvenes apiñados alrededor de un viejo botarate cuentacuentos con unos pelos blancos descuidados que caían alegremente hasta sus hombros. El hombre tenía una curva de la felicidad bastante importante, infundida en parte, muy seguro, a las cervezas que bebía una tras otra, y de las cuales tenía manchado una superfície considerable de su atuendo (un extraño chaleco negro bordado y camisa, originalmente blanca, sin botones). Entre la combinación de colores y la forma de su enorme estómago, daba la sensación de estar viendo a una oreo hablar.
-Y entoooonces...- dijo con finjido misticismo de teatrero- el hombre rubio cayó presa del encanto del poderoso mago Barragán y hubo de casarse con la dragonaaaa!!- tanto el coro de jóvenes como él cayeron presa de un incontrolable ataque de risa que se prolongó varios minutos.
Finalmente, entre lágrimas, uno de los jóvenes con cara de travieso, le gritó al que estaba subido encima de la mesa:
-Cuenta otro cuento, Tom Seisdedos! Otro!
-Sí! Sí!- le secundaron todos con entusiasmo.
-Cuéntanos otra vez la historia de la Lágrima Demoníaca- pidió un joven moreno serio, de fuertes rasgos y de los que antes habían parado de reír.
-Ahhh..! La Lágrima Demoníaca, eh? Pero para eso...- el viejo Tom bajaba la voz- tengo que estar mucho más borrachoooo!!- y se acabó de un trago su enorme pinta sostenida por una mano con un dedo de más mientras los otros reían sistemáticamente.
El caballero templado y el irascible escuchaban atentamente, la cerveza que apensas habían probado en sus manos.
-Cuenta la leyenda- empezó, intentando lograr una pose seria, misión inabarcable para él- que en tiempos, cuando el Mundo Antiguo estaba sumido en la oscuridad y la tiranía de los Dioses del Caos, un apuesto caballero consiguió hacer frente a estos dos gigantes de la destrucción. Se plantó frente a ellos, después de pasar innumerables penalidades y...- calló misteriosamente- Pero antes, chicos, os explicaré el camino que recorrió el formidable caballero para lograr esta gesta...
Veinticinco minutos después, habiendo resumido, Tom Seisdedos llegaba al final de su relato:
-...y de esta manera, desarmado, el extraordinario hidalgo con la fuerza de las palabras, logró hacer derramar una lágrima a nada más y nada menos que los Dioses del Caos. Lágrima que se solidificó y significó el inicio de la Nueva Era que ahora vivimos felizmente gracias a sus esfuerzos.
-La Lágrima Demoníaca...- se atrevió a susurrar una joven rubia con la boca entreabierta
-Exacto. Dicen que quien logre recomponer los cuatro fragmentos de la Lágrima Demoníaca, será capaz de invocar a Avi-Asúl y Asaúl, los Dioses del Caos- todos callaron en un súbito silencio-. Claro que eso son bobadas, es lo que cuenta la leyenda!- gritó alegremente Tom, para disipar el serio e inmóvil ambiente que había creado sin querer. Pero no había convencido a casi nadie:
-Pero para eso haría falta un invocador cetra, verdad?- preguntó el joven que había pedido la historia.
-Bueno, sí, pero ya sabemos que desaparecieron, ya os digo que...- se defendía el apodado Seisdedos.
-Pero se cuenta que en las tierras de Arcadia se han visto algunos, los últimos de su raza- aventuró la chica rubia.
-Bueno, dicen siguen existiendo los invocadores cetra, recluidos en sus escondites eternos, pero que están condenados a la desaparición, pues solo quedan mujeres...
-Ya, pero...
A partir de este punto se abrió un acalorado debate donde no se respetaba el turno de palabra y apenas sacaban nada en claro los dos caballeros, que como el resto, dejaban volar su imaginación y habían quedado sobrecogidos por el relato del viejo y alegre Tom.
-Lágrimas demoníacas, invocadores cetra, Avi-Asúl y Asaúl gobernando el mundo de nuevo... ya he escuchado suficientes estupideces por hoy, vayamos a otro sitio caballero relajado.
-Sí, vayamos; pero recuerda que hace menos de dos días vimos una escuadra de Rodiön, así que...
El caballero del temple se detuvo en seguir su frase, ya que había provocado un silencio tan súbito y antinatural en aquel bar, que se sentía completamente fuera de lugar. Toda la fiesta, el bullicio, el ruido, las risas, el no parar, el alcohol, todo, todo se había detenido y hasta la última alma del lugar fijaba su mirada en él, tal era el pavor que suscitaba el escuchar de nuevo el nombre maldito de Rodiön. Reaccionando un poco tarde, el caballero intranquilo le dio uno de sus codazos mágicos entre las costillas, cosa que satisfizo en parte las miradas reprobatorias de los felices aldeanos para con el extranjero que mancillaba su lugar sagrado, y lo sacó a rastras de allí.
-Menuda la has liado, caballero... te crees muy guay y vas hablando alegremente de la resurrección del mal por ahí. Vaya dos, parezco más bien vuestra niñera.
-Lo siento, caballero agitador, yo sólo...
Pero se detuvo en esa parte de la oración porque en ese momento vieron una escena que se les hubo de quedar grabada de por vida: subida a lomos de un majestuoso elefante nacarado, engalanada con prendas de reina y destilando el perfume más fino jamás creado, vieron lo que les pareció ser la mujer más bella del mundo. Ocupaba una estructura cuadrada hecha a medida con unas puntas bellamente decoradas que hacían las veces de esquinas, más altas las posteriores; de la estructura colgaban unas larguísimas telas de seda y oro color azul que llegaban hasta prácticamente el suelo. Incluso el gigantesco animal iba engalanado como si gobernara sobre algún país exótico: la cabeza rodeada por una cadena finísima de oro rematada en una joya como un puño de grande enmedio de su frente, de un granate apagado, en contraste con el pálido tono de su piel, los imponentes colmillos también pintados con unos dibujos exquisitos que sugerían sueños de Oriente de oro líquido, flanqueando su inusual trompa bicéfala. Las orejas extrañamente pequeñas, perforadas por dos aros simétricos del tamaño de un piso, en cuyo abombado interior descansaban, en la posición de esfinge, una suerte de extraños felinos sin pelo de piel totalmente negra como el azabache, pero con collar, uñas y el perfil de los ojos de un dorado espectacular.
Mención aparte se merecía la razón de tal derroche de belleza y poder: una mujer de mirada impasible, fija en el horizonte, pose serena y larga melena rubia recogida en una trenza perfecta, entrelazada con una cinta roja. Los pendientes dos esferas que parecían orbitar a su alrededor, a juego con una joya en la frente de tono blanco apagado en combinación con la del elefante. Sus ropajes, dignos de la ninfa más bella, se intercalaban con la tela azul del magnífico animal, y eran casi tan largos como éstos. Intentar describirla dignamente sería una tarea casi imposible hasta para el más hábil de los poetas, así que los dos caballeros no pudieron por más que quedarse abotargados ante la magnitud de tal espectáculo celestial, sin reaccionar, inconscientes de todo lo que les rodeaba y de sí mismos, con esa única imagen en la cabeza.
Incluso el paso reposado del elefante de dos trompas parecía desprender una suave y mística música que todo lo envolvía. La mirada de la mujer era totalmente imperturbable. A los pies del extrañísimo ejemplar, acompasados al ritmo de éste, tanto por delante como por detrás, les flanqueaban una comitiva de extraños hombres armados y vestidos con ropas anchas, finas y vaporosas, también de colores pálidos y apagados, pero las más elegantes que habían visto nunca los caballeros, y habían visto muchas, incluso en castillos muy lejanos y reinos de príncipes excéntricos.
-Es la Reina de Oriente...- acertó a decir el caballero tranquilo, después de que la comitiva estuviera considerablemente lejos, recuperando así la facultad del habla.
-Me la pido!
Esa frase, acompañada de un certero codazo en las costillas que dobló de nuevo al joven relajado sobre sí mismo, era un código desarrollado durante muchos años de amistad, y que confería al que la dijese primero el privilegio de intentar seducir a la mujer en cuestión sin que sus compañeros compitan con él por ella.
-Caballeros! Llevo ratos buscándoos. Ya tenemos sitio donde dormir, por fin! Se llama Posada Dalí, es un sitio genial, os encantará- el caballero macarra había dado con sus compañeros.
-Id hacia allá compañeros- dijo el caballero reposado recuperándose aún del golpe de su camarada-, yo antes iré a disculparme al bar. No os importa encargaros de Ymir, verdad?
-No, claro. Qué ha hecho?- indagaba el caballero de escasa barba dirigiéndose al forzudo, mientras se alejaban en dirección a la posada.

Dos horas después, cuando los caballeros macarra y agitador habían logrado conciliar el sueño y escapar de la posada a toda prisa, se dieron cuenta que el tercer integrante aún no había vuelto:
-Dónde está el caballero tranquilo?- quiso saber el caballero pasional.
-No sé...- empezó el incansable- Espera, creo que tengo una idea.
-Qué? Qué pasa?
-Nada, ármate y ya sabes lo que debes hacer: haz honor a tu condición de caballero. Yo voy a buscarlo, nos veremos aquí. Fuerza y coraje, compañero!
Con estas palabras el caballero agitador salió corriendo, esquivó a la confusa masa de gente y se hizo con unas largas escaleras de madera que utilizó para llegar a la ventana de la habitación superior en una posada vecina. La rompió e irrumpió en el interior cual fuerza sobrenatural, el arma en la mano, las poderosas hachas dobles: dos afiladas hachas de tamaño colosal en cada extremo unidas por una resistente barra que el caballero blandía como si en realidad no pesase más de cincuenta quilos. En el interior de la humilde aunque engalanada habitación, se encontró lo que se esperaba:
-...y por todo eso, creo que deberías venir conmigo... Pero... esto qué es?!? Caballero irascible! Qué crees que haces?
-Traidor!!- tronó el ardiente guerrero- estás intentando seducir a la Reina de Oriente! Dijimos que era mía!
El nombrado recobró la compostura con naturalidad.
-En el juego y el amor, querido amigo, todo vale...
-Bueno, eso ya lo trataremos después. La villa está siendo atacada y...
-Cómo?- el tranquilo se puso alerta.
-Sí, como lo oyes. Han...
-Pero cómo? Cómo puede ser?- lo interrumpió el otro- Eso no es posible, estamos en la Villa Encantada!
-Pues mira a tu alrededor, pazguato! Que el encantado eres tú! Han entrado Bersekers y lo están destruyendo todo!!
En ese preciso momento, la puerta de la habitación literalmente desapareció, despedazada a merced de la desgarradora potencia de un ser de algo más de dos metros de altura, de piel cetrina color aceitunada y, lo más preocupante, unos mitones con cuatro garras de más de medio metro de longitud.
Tanto la Reina de Oriente como el caballero empanado se quedaron inmóviles, y hubo de ser el caballero irascible quien, de un potente salto con el que cruzó la habitación, diera un movimiento imposible con su Organix, rebanando buena parte del cuello de la criatura, que cayó tambaleándose y aullando a sus pies. La remató con la hoja de su otra hacha con otro giro rapidísimo.
-Vamos, tenemos que irnos!- urgía el que los acababa de salvar.
-No te preocupes, Reina, seguiré cuidando de ti y ninguna de esas criaturas se te acercará...
-No haga caso a este botarate, mi Señora... La protegeré con mi vida si...
-Marchaos los dos ahora mismo- la Reina de Oriente había hablado-. Mis guardias me protegerán hasta donde vosotros no podríais llegar. Pero sí que necesitarán vuestra ayuda ahí abajo para salvar a la villa. Así que dejaos de estúpidos cumplidos románticos caballerescos y luchad por el pueblo.
Los dos compañeros se quedaron un momento sin saber qué hacer.
-YA!!- tronó la Reina.
Salieron inmediatamente de la habitación y llegaron al nivel de calle, donde los aldeanos huían despavoridos de las abominables criaturas, que pese a su envergadura se movían con sorprendente rapidez e iban de un lado a otro dando terribles golpes en el aire, pues eran casi ciegos y se guiaban por el sentido del oído. El problema venía cuando engachaban a alguien o daban con una casa o cualquier pequeña construcción: la destrucción era inmediata. Además, algunos de los extraños Bersekers, criaturas de la oscuridad que no se veían desde el Mundo Antiguo y el reinado de los Dioses del Caos, tenían los mitones hechizados con un encantamiento de fuego, lo que les dotaba de una potencia y peligrosidad extrema. Por eso pronto se empezaron a ver envueltos también en gigantescas columnas de fuego y humo que asolaban las reposadas casas de madera de la villa en segundos.
A pesar de todo ello, el caballero tranquilo permanecía semi-arrodillado en el suelo, impasible, sin mover un músculo para ayudar a su compañero, que se movía relampagueante entre los pseudo-colosos vestidos de cuero y cinturones de pinchos, los ojos dos cuencas enteladas de un color rojo pardo. Movía su Organix con una velocidad sobrehumana, abriéndose paso entre cuatro Bersekers que le rodeaban y defendiendo a su eclipsado amigo. En condiciones normales, en los tiempos en los que se podía encontrar Bersekers en según qué zonas, decía la voz popular que un hombre armado (no caballero) tenía una posibilidad entre cincuenta de salir victorioso ante un encuentro con uno de ellos.
-Pero qué haces!?! Levántate y lucha, encantado!!- le conminaba el irascible joven, rebasado por las cuatro bestias, ahora tres, ahora dos.
Pero aún quedaban muchas que sembraban el caos a su antojo, la feliz villa sin tradición guerrera ni un solo caballero, indefensa ante el ataque rival.
-Este sitio...- el caballero tranquilo parecía absolutamente ensoñado, en otra dimensión- Es este lugar. Es tan bello, tan bello... Creo que me he enamorado.
-Aaarrrgg!!- el caballero intranquilo había sido alcanzado cuando intentaba alejar un Berseker de su compañero por otro que no había visto por detrás, que había acudido atraído por el sonido de su Organix cortando el aire.
Tenía el hombro herido y manaba una cantidad considerable de sangre; hincó la rodilla y flaqueó por un momento.
-Caballero... por favor, despierta, DESPIERTA!! Nos están rodeando, ayúdame a combatirlos, venga!!- el Organix ya no parecía tan ligero en su mano derecha y un grupo de tres Bersekers los rodeaba ciegamente; si se ponían a dar cuchilladas en el aire los tres a la vez, eran hombres muertos-. Nos están rodeando!
-GUARDIA REAL!!!- un potentísimo chorro de voz inundó por un instante el campo de batalla, ahogando los sedientos quejidos de sangre de los Bersekers.
Se trataba de la Reina de Oriente, que había formado filas con sus guerreros, que estaban dispuestos a luchar. La serenidad seguía gobernando su rostro, aunque un atisbo de dureza lo cruzaba ahora también. Imponía mucho.
Automáticamente, una fila de arqueros de estrafalaria indumentaria (vaporosos turbantes y pañuelos de un azul apagado que les cubría parte del rostro y la cabeza), con arcos dorados sin cuerda, apoyaron una rodilla en el suelo y empezaron a disparar flechas mágicas que ralentizaban en muy buena parte los movimientos de los Bersekers, inmovilizando incluso alguno si el tiro era muy certero. De esta manera, se facilitaba muchísimo la tarea de los demás combatientes, que eran el herido caballero agitador y una parte de la guardia real armada con unos extraños y preciosos sables curvos dorados, que no se manchaban de sangre pese a que inflingían terribles heridas a los ralentizados Bersekers con ellos.
-A los de fuego! A los de fuego!- gritaba alguien en el estertor de la batalla
Poco a poco fueron cayendo los cuerpos de algunos pseudo-colosos más, sus extraños cuerpos vestidos de tiras de cuero y pinchos desangrándose en la mancillada villa, sus mitones manchados de sangre inocente, ahora inmóviles. Y pese a que eran vícitmas de las flechas mágicas de los arqueros, los más díficiles de abatir seguían siendo los Bersekers con el hechizo de fuego, extremadamente peligrosos con sus rápidos movimientos que apenas permitían acercarse a atacar y el fuego que se propagaba nada más que tocasen algo; necesitaban entre tres y cuatro guerreros de la guardia para abatirlos, o tres o cuatro estocadas del Organix del caballero irascible, que estaba ya algo agotado entre el sueño eternamente interrumpido y su hombro herido, aunque era más superficial de lo que había supuesto. En definitiva, la victoria estaría próxima en menos de una hora si seguían a ese ritmo, y entonces sería tiempo de calibrar los daños. Esa sensación se transmitió por el pelotón de batalla y los hacía luchar con renovado vigor, pues se sabían vencedores. Dos arqueros flanqueban al caballero tranquilo, que se había quedado estúpidamente solo e inmóvil, justo enmedio del campo de batalla, fúmandose una pipa con mirada ensimismada, rodeado de muerte, destrucción, y enemigos y aliados luchando hasta la muerte; de vez en cuando se sonreía tontamente, como recordando algo especialmente placentero.
Pero se las habían prometido muy felices los guerreros: como el jirón de nube oscura que anuncia una terrible tempestad, aparecieron en el gris horizonte de la Villa Encantada unas criaturas aladas que venían en rescate del decadente escuadrón de Bersekers. Se trataba de una suerte de simios con corazas color cobrizo, alas de un violento color rojo y una mirada de ira que helaba la sangre, deseosos de muerte, de alimentarse de los miedos de sus víctimas, los amarillentos colmillos desafiando afilados por los bordes de la boca, en una mueca terrible. Además estaban armados con una especie de lanza muy larga acabada en dos puntas y una pequeña esfera que gravitaba enmedio de las puntas a velocidad demencial, produciendo un agudo silbido ensordecedor y una electricidad estática harto peligrosa en combinación con el acero.
Pronto empezaron a caer en picado sobre los guerreros del bien, pinchando indiscriminadamente como una tormenta eléctrica sobre sus oponentes, paralizándolos con la electricidad, mutilándolos con las puntas, doblándolos de dolor por el infernal sonido, insoportable para los humanos.
Los arqueros mágicos pronto dejaron sus arcos dorados sin cuerda y se taparon los oídos con todas sus fuerzas, algunos incluso sangrando por las orejas. Los guerreros de los sables de la guardia real eran aniquilados rápidamente, primero retorciéndose en el suelo a causa de los espamos de la electricidad y, si ésta no los mataba, acuchillados con las lanzas de los simios voladores, que apenas rozaban el suelo, pero eso les bastaba para decantar la batalla a su favor en cuestión de unos pocos minutos. Quién les iba a decir al principio de aquella noche aciaga que la Villa Encantada iba a ser la tumba de todos ellos...
El caballero impasible seguía inmune a lo que sucedía, aunque se percató a lo lejos de una figura considerablemente más grande que la de los monos en lo que supuso era su jefe: un gran primate de imponentes alas y armadura plateada inmaculada, que planeaba sobre una zona concreta, a unos cien metros de donde se encontraba el acarnizado eje de la batalla.
Mientras la guardia real al completo era exterminada como una mosca con un soplo de spray mágico del mago Barragán, el caballero irascible yacía de rodillas enmedio del campo de guerra, con las manos poderosamente aferradas a los oídos y una mueca de dolor desfigurándole el rostro, su Organix en el suelo.
Apenas quedaban unas docenas de soldados y los dos caballeros, e iban a ser eliminados por completo en un par de minutos máximo. Aquéllo había caído como una terrible tormenta de muerte sobre ellos y no les había dejado ninguna posibilidad de resistencia. Habían perdido y morirían todos a manos de los crueles simios alados, y los Bersekers que restaban. Así que el caballero agitador se convenció de que esos eran sus últimos momentos y, haciendo honor a su estirpe y naturaleza, pensó que si lo abatían no sería arrodillado y llorando de dolor, sinó combatiendo con honor. De este modo, se levantó pese a que creyó que su cerebro iba a estallar por el demencial silbido, cogió a duras penas el Organix e intentó abatir a alguno de los monos que pasaban velozmente sobre su cabeza, nada más podía ver menos de una trentena de soldados a su alrededor en pie. Aún tuvo tiempo de dedicar unas palabras a su iluminado compañero:
-Es una pena que te hayas perdido esta fiesta caballero. Aunque... qué jodido eres- dudaba mucho que lo pudiese escuchar por encima de aquel sonido que todo lo cubría, y seguía blandiendo y moviendo frenéticamente su arma-, vas a hacer honor a tu mote aunque te vaya la vida en ello, eh cabrón? Ja, ja. Bueno, que sepas que estos años...
En este momento, aparecieron por retaguardia una fila de diminutos seres envueltos en rarísimos ropajes, a quienes no se les veía la cara en absoluto, la determinación dibujada en su abombada figura. No superarían el metro trenta de altura, y no quedaba a la vista ni un centímetro de piel: las marrones botas bajas acabadas en un curioso caracol con cascabel, los pantalones a rayas de chillones colores, las chaquetas abotonadas hasta la altura correspondiente a los ojos, que se juntaban con un extraño sombrero de paja. La fila de seres avanzó decidida hacia lo que se podría considerar la primera línea de la batalla, y alzaron a la vez sus manos envueltas en pequeños y gorditos guantes de piel, formando una línea uniforme, todos a la misma altura. En esta posición, empezó a brotar, literalmente, una especie de canción mística, de la unión de las manos de aquellos extraños seres, que avanzaba en columna hacia los enemigos, que no habían reparado en ellos.
-Son los magos! Son los magos! Los magos del espacio están aquí!!- gritaba algún aldeano vivo desperdigado.
Ahora fue el turno de los monos voladores y Bersekers de retorcerse como culebras con aquel extraño y bellísimo sonido venido de otro mundo, que también poseía a los pocos guerreros y personas que quedaban en pie, sumiéndolos en un confuso éxtasis místico, perdiendo el control de sí mismos, como en un viaje astral.
Entonces, nadie sabría definir de dónde, surgió, como surge una idea, una figura aún más extraña, de la altura de los Bersekers, esbelta, potente, rápida, que parecía una armadura hueca, brillante, viva, magnífica. Un ente sobrecogedor, que más que moverse, se deslizaba, danzaba por entre los enemigos, abatiéndolos con su solo paso, sin siquiera tocarlos. La armadura que componía su cuerpo era de unos colores indefinibles, como variables, nada que hubiese visto ningún humano hasta el momento. El casco era más oscuro, acabado en punta, y las extremidades más robustas y de colores brillantes, mientras que el torso era fino y delicado, daba la impresión de poder rodearlo con las dos manos, suave, suave. Era como una estrella que danzara entre los seres indeseados, limpiando, devolviendo la pureza. El caballero agitador fue el primero en volver a la realidad:
-Q-qué... Qué es eso?
La Reina de Oriente, serena, quieta al final de los reductos de su maltrecho ejército, respondió:
-Es Motril, el embrujo de la Villa Encantada.
La criatura siguió su baile ancestral, y los enemigos que no habían huído se afanaban en huir, los Bersekers transportados en el aire por sus camaradas voladores, que marchaban rápidamente por donde habían llegado. El caballero relajado, que había disfrutado de todo en un éxtasis orgásmico, despertó al fin de su estado y vio alejarse a la imponente figura del simio jefe, la plateada armadura relampagueando contra el cielo gris, capitaneando la reitarada de los suyos, sin haberse enfrentado al embrujo de la Villa Encantada.
El caballero se levantó, con súbita urgencia y le dio un golpe en el hombro a su joven compañero:
-Ahhhh...!!
-Perdona, caballero. Dónde está el caballero macarra?
-Ah, joder! Me has hecho daño... no ves que estoy herido?
-Que dónde está...
-De qué vas, caballero capullo?! Primero asustas a los aldeanos en el bar, luego intentas ligarte por encima de la promesa a mi Reina, te pasas toda la batalla empanado a tu puto rollo... y ahora me vienes con prisas!??- el caballero iracundo blandió con fuerza su Organix frente a su compañero-. Ya es hora de que te arregle las cuentas!- gritó rojo de rabia
Pero en ese momento lo que menos se esperaba era una contra del caballero inactivo, así que quedó desarmado con un veloz movimiento de una de las espadas gemelas de su amigo y con la punta de la otra espada amenazándole justo en la garganta:
-Que me digas dónde está el caballero macarra, compañero.
Se perdieron el instante en que Motril, que se retiraba junto al ejército de magos del espacio, se cruzaba con la Reina de Oriente, que reunía a sus últimos soldados y organizaba a los heridos.
-Pero qué te crees...?- murmuró entre dientes el caballero de fuerte carácter.- Vas a ver!- y se deshizo de la presa de su compañero, blandiendo de nuevo el Organix en un giro espectacular.
-Caballeros!
Los dos pararon en seco, a punto de enzarzarse en una batalla fraternal. El caballero macarra había vuelto. Con la cara de quien vuelve del reino de los muertos. -Caballeros, os recomiendo que dejéis los asuntos tan banales como mataros entre vosotros para otro mejor tiempo.
-Qué ha pasado?
-Dónde coño estabas?
-Caballeros, habrá un tiempo para explicarlo todo; pero ahora no- dijo meneando gravemente la cabeza, la vista perdida en el suelo. La levantó para mirarlos directamente-. Debemos partir hacia las ruinas de Rodiön. Inmediatamente.
-Quéee!?!- exclamaron sus dos compañeros al unísono.
-Qué demonios se nos ha perdido en Rodiön, tarado compañero?- preguntó perdiendo la calma el caballero intranquilo.
-No vamos a ir, quítatelo de la cabeza- sentenció el caballero pasivo, aunque decidido.
-Sí, nos vamos a Rodiön: me han robado el fragmento de Lágrima Demoníaca.

El Rapsoda de la Ignorancia

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